sábado, 6 de enero de 2018

Derechos Humanos

Derechos Humanos

- Eres un niño...
- ¿Y qué? ¿Los niños no somos humanos?
- Sí, pero...
- ¿No tenemos derechos?
- En esta oficina, no podemos reclamarle a los Reyes Magos.  
- Ellos me mintieron.
- ¡Niño..!
- ¡Me porté bien! ¿Dónde están mis juguetes?
- Dile a tus papás que te lo expliquen.
- Lo único que saben decir es: “no hay dinero”, pero eso lo oigo a diario. ¿Ya vio mi ropa? Ayer otra vez comí lo mismo. ¿Ya escuchó a mi papá cada vez que me regaña? ¿Ya lo escuchó diciéndome que no sé agradecer? ¿Qué tiene que ver eso con los Reyes Magos?
- Pues...
- Algún día me desquitaré de todos. ¡Me desquitare del mundo! Romperé las ilusiones de la gente. Entonces no pregunten ¿por qué?
- ¡Ya deja de estar jodiendo, pinche escuincle! Aquí tenemos mucho trabajo. Cuando seas grande lo vas a entender. A mí tampoco me “procuraron” los Reyes y mira, soy un hombre de bien. ¡A chingar a su madre pinche niño!

Miguel Ángel de Bernardi
Septiembre 1999
México.

®

jueves, 4 de enero de 2018

Los Reyes Magos no existen

Los Reyes Magos no existen
Cada día de Reyes es lo mismo: por todos lados gente diciendo que no existen. Sin duda lo que tratan de expresar es que no aman la fantasía. Para amar hay que creer, no al contrario. Supongo que esas personas piensan que sus regalos son materiales. Ahí está el problema, un cerebro material, sólo es capaz de pensar lo material. ¡Los regalos son fantásticos! No importa la edad que se tenga, si te has portado bien o mal. El día de reyes nos llega un regalo fantástico pero… es necesaria la imaginación para poder verlo, sentirlo, vivirlo.
Del mismo modo que los juguetes, simples objetos inanimados, más allá de que sean electrónicos, posean movimiento y hasta reacciones, no tienen alma. Esta la adquieren gracias a la imaginación de los niños y el alma les da anima, es decir, vida. Así es nuestro regalo. Un imaginario al que debemos darle vida. Así como hacen los niños, que a un carrito de plástico lo insertan en la vibración de lo imaginario y logran que camine más allá del tiempo, que pueda volar e incluso poseer poderes mágicos.
Pobre de aquel que odie la fantasía, pues nunca sabrá que el Universo es un regalo venido de la más profunda imaginación, es decir de un Dios que no tiene ni barbas ni sacrificios, no premia ni castiga, no protege ni abandona y por supuesto no recibe limosnas ni diezmos ni ninguna cooperación de algún tipo; simplemente nos creó con la posibilidad de que cada día podamos materializar lo que imaginamos, ¡que mayor milagro queremos!
Miguel Ángel de Bernardi 

® 

sábado, 16 de diciembre de 2017

El Mensaje



El Mensaje


Por


Miguel Ángel de Bernardi




Escribir es como rodar montaña abajo
Charles Bukowski

La realidad es mágica
y la vida así es. Feliz realidad.

Era la víspera de la Navidad. La ciudad de México comenzaba a oscurecer. En ese momento ocurría la mayor afluencia al restaurante del Sanborn’s de los Azulejos. La gente tomaba café, cenaba, bebía. Mostraba ese contraste entre depresión y euforia tan común en fechas navideñas.

La gente iba, llegaba, daba vueltas; así interminablemente. Hilario se sentía arrepentido por haber concertado una cita a esa hora, sobre todo en un restaurante tan concurrido. Veintitrés de diciembre por la noche, sólo a un loco se le ocurre. Y a un loco de atar, que la cita sea en el Centro de la ciudad. En ese momento todo mundo estaba preparando sus compras o rumiando sus penas y sus peleas navideñas, o ya de plano, iniciando la fiesta. 

Durante cuarenta y cinco minutos Hilario esperó a que le asignaran mesa, y lo peor era que Verónica no llegaba y quizá ni llegaría. Él muchas veces se prometió no volver a planear un encuentro con una mujer recién conocida. Infinidad de ocasiones lo habían dejado plantado. No es nada grato esperar a una mujer y peor si esta nunca llega.  

A Verónica la conoció el día anterior en la posada que organizaron en la Universidad donde Hilario daba clases de Educación Física. Su asignatura era la menos importante, pero el sueldo le servía para sobrevivir. Además, era un trabajo atractivo. Por lo menos mejor que trabajar de empleado en la tienda de su tío. Otra de las ventajas era que las chicas de la Universidad lo veían con cierta admiración. Sabían que jugó fútbol americano y que había sido corredor estrella con el equipo del Politécnico. Él se encargó de inventar la historia de que los Vaqueros de Dallas estaban interesados en contratarlo. La verdad era que nadie le había propuesto nada. Después de todo, ¿qué sobreviviente del tedio no inventa una mentira?

Hilario acababa de cumplir veintisiete años. A duras penas logró terminar la carrera de Ingeniería en Electrónica, aunque aun le faltaba el examen profesional. La verdad es que le temía a ese trance. El estudio nunca fue su fuerte. Lo peor es que sentía que el tiempo cada vez corría con mayor prisa. Sin duda esa percepción era producto de su soledad.

El día anterior, Verónica llegó a la posada acompañando a una alumna de Hilario que estudiaba en la facultad de Medicina. Desde que él la vio se sintió atraído. Desde luego que la invitó a bailar. Ella primero se negaba excusando no saber un solo paso de salsa. Eso no fue obstáculo. En cuanto cambiaron el ritmo, Hilario volvió a la carga y le fue a rogar para que bailaran. Esta vez la chica sí aceptó, aunque es bueno aclarar que sin mucho gusto.

Lo importante era que bailando podían charlar, conocerse, caerse bien. ¿No era mucho pedir? Claro que Hilario se preciaba de ser buen conversador pues algunas mujeres se habían prendado de su charla. ¿Por qué Verónica no podía ser una de ellas? No era fea, aunque tampoco una belleza. Podía decirse que era… hasta simpática.

Ella no pensaba quedarse mucho tiempo en la fiesta. Hilario le propuso verse al otro día y así charlar tranquilamente. La chica aceptó con indiferencia. Hilario sabía que la invitación no la emocionaba.

Tal vez Verónica dijo sí sólo por compromiso. Sin duda la muchacha tenía novio. Cómo una mujer atractiva iba a estar sola y mucho menos esperando que el primero que se le cruzara la invitara a tomar un café al Sanborn´s de los Azulejos. Como si una invitación así fuera la gran cosa.

Las mujeres por instinto saben que quien las invita a salir está interesado en ellas. Acuden a las citas por curiosidad, aburrimiento, por levantarse el ego y hasta por miedo. Existen ciertos temores que las atraen. Difícilmente van convencidas de acceder a una declaración de amor. Si Hilario por lo menos hubiera tenido el dinero suficiente para invitarla a un sitio de moda.

Él ya estaba esperando lugar. Por fin se desocuparon varias mesas. La gerente del lugar gritó el nombre de Hilario y después lo condujo hasta la mesa. Por fin podría sentarse. De inmediato llegó la mesera con su traje extraño y le preguntó si esperaba a alguien o estaría solo. Le apenó decir que esperaba a alguien. Si ella no llegaba la mesera lo notaría y el ridículo sería peor.

Colocó el saco sobre el respaldo de la silla. Aunque era la víspera de la Navidad, el calor era insoportable. Se sintió bien al mostrar su figura atlética. Que raro. Sobre la mesa estaba un teléfono celular y lo más extraño es que era similar al de Hilario. Sin duda alguien había olvidado el aparato. Hilario instintivamente trató de entregarlo a una mesera. En ese momento sonó el timbre del teléfono. Era un mensaje. De manera automática, Hilario lo leyó.

Hilario era un muchacho tímido que de vez en cuando se atrevía a ocultarlo jugando a ser sociable. Sin embargo su sentido del “qué dirán”, resultaba manifiesto. En su vida nada importante había ocurrido, nada que pudiera darle algún prestigio. Sin embargo él siempre cuidaba su prestigio. Por lo regular cuidamos lo que no existe. Él temía que en un futuro alguien pudiera impugnarle alguna acción pasada. Nunca se atrevió a lo prohibido. Sobre él pesaba la lápida del miedo. Su mano temblaba. Que extraño mensaje aparecía en la pantalla del celular.

Resultaba sugerente. Hilario se levantó al baño convencido de que la tal Verónica nunca llegaría. Sería mejor irse. ¿Qué caso tiene tomarse un café solo? Si por lo menos llevara un periódico o una revista. Además, sabía de un chacharero que bien podía comprarle el celular. Por lo menos quinientos pesos le darían por el aparato, y en temporada navideña, cualquier dinero es útil.

Que extraño mensaje. Volvió a leerlo. “En verdad quisiera conocerte. Admiro mucho tu obra. Me encantaría que me tomaras algunas fotos. Llámame y nos ponemos de acuerdo. Verás que no te arrepientes”. Lo firmaba Déborah.

¿Quién será la tal Déborah?, se preguntaba Hilario mientras miraba a unas turistas alemanas. Lo más probable es que sea una modelo profesional. Si era así, debía ser un monumento. Ya iba rumbo a la mesa a recoger su saco cuando llegó Verónica. Venía agitadísima. Lo vio y corrió hasta él.

Que bella lucía. ¿Será que la espera aumenta la belleza de la gente? No es verdad. A veces la reduce. La realidad es que la espera siempre modifica la vida. A Hilario le encantaba dejar que su mente se metiera esos dilemas obsesivos.

Lo mejor era ver a Verónica. Tal vez lo más atractivo de la muchacha era su aire desfachatado y la agilidad de su cuerpo. La noche anterior no pudo admirarla en toda su magnitud, pues ella vestía con traje sastre. Ahora usaba unos ajustados jeans y saco corto de piel negra, tipo vaquero y abajo sólo un top, también negro que dejaba que se le marcaran unos bellos pezones.

Era un placer verla caminar. Un saludo desde la distancia y luego se acercaron encontrándose con un beso en la mejilla. Ella de inmediato comenzó a contarle el motivo de su tardanza.

- ¡Perdón! Llevo horas buscando estacionamiento.
- Lo siento.
- ¡Que lío! Podrías haber elegido otro sitio. ¿No tuviste el mismo problema?
- No tengo auto.
- ¡Ah..! ¿Y vives por aquí?
- Sí…
- ¡Comodino el hombre!
- Tuve que venderlo. Tal vez en un mes me compré otro.

Hilario mentía. Nunca había tenido auto y lo más probable es que nunca lo tuviera. Ese era uno de sus mayores problemas a la hora de invitar a salir a una chica. ¿Para qué pensar en problemas menores, Verónica lucía hermosa? La agitación le daba un atractivo tono rosado a sus mejillas y en su sonrisa se mezclaba el gusto con el rubor. Era un verdadero encanto, además, una mujer rebosante de sensualidad.

En ese momento se acercó a la mesa un hombre elegantísimo. A pesar de ser un tipo maduro, era lo que se dice un gentleman. Incluso Verónica lo miró con interés, lo que obviamente le molestó a Hilario.

- Perdonen, hace un momento yo ocupé esta mesa. Al parecer olvidé mi celular. ¿Por casualidad lo vieron?

De inmediato Hilario negó con la cabeza. ¿Por qué habría de regresárselo? La honradez tiene ciertas licencias. Hilario se estaba tomando una de ellas. No era para tanto. Los quinientos pesos que le darían en las chácharas le servirían de mucho. Que sea mi regalo de Navidad, pensaba.

- No he visto nada.
- Yo acabo de llegar…
- Que lástima. Sin duda lo tiré sin darme cuenta. Muchas gracias, sean dichosos y feliz Navidad.

Verónica con la mirada lo siguió unos instantes. Hilario sintió unos celos terribles. Una mujer que estaba con él, no podía voltear a ver a nadie.

- ¿Te gustó?
- Podría ser mi padre, pero eso no evita que sea un hombre muy atractivo.
- Si quieres alcánzalo.
- No me salgas con un numerito de celos, Hilario. Somos amigos. Nos acabamos de conocer. Quizá no seas un hombre maduro, pero podrías fingir que lo eres. En la primera cita los hombres siempre fingen muchas cosas. Finge madurez, anda.
- Cuanto conocimiento de la naturaleza masculina...
- No soy una mujer de mundo, pero tampoco una boba. Quiero una paloma.
- ¿Qué es eso?
- Tequila, hielo, refresco de toronja, sal y limón.

Volvió a sonar el aparato. Era otro mensaje. Hilario con toda naturalidad lo sacó de su bolsa y lo leyó: “Estoy en casa. Llámame. Tal vez podamos vernos hoy mismo. Puedo desvelarme un poco”.

- ¿Es el del tipo?
- Como piensas eso. Es mío. ¿Acaso sólo los hombres elegantes pueden usar celular caro? Tengo que hacer una llamada.
- ¿Pasa algo?
- Nada importante. Es mi hermana que al parecer necesita que la acompañe al aeropuerto. Voy afuera a hablar aquí hay mucho ruido, quiero ver qué tan urgente es.

Hilario se fue hasta el mural de Siqueiros que está en las escaleras que conducen al segundo piso. Marcó el número temblando. ¿Qué le diría a Déborah? Quizá fuera suficiente con escuchar su voz y de inmediato colgar. Claro, eso era lo más adecuado. Tal vez hasta se trataba de una broma.

- Hola…
- Soy el fotógrafo al que le acabas…
-  ¡Alfonso Mateos!

La sorpresa era buen síntoma. Además ya sabía que su nuevo nombre era, Alfonso Mateos.

- ... sí. ¿Déborah?
- Hola. ¿Por qué te haces tanto del rogar? Ni pienses que soy una coquetona, pero es que vi tu libro y me encantaron las fotografías. Eres un maestro. Había oído que eres un gran fotógrafo, pero nunca pensé que fueras un genio. ¿Los poemas eróticos también son tuyos?
- Sí... claro que son míos.
- Cuéntame entre tus admiradoras. ¿Por qué no vienes a casa?
- ¿Podría ser otro día..?
- Te invito una copa.
- Pero…
- Nos conocemos, charlamos un momento...
- Tal vez otro día…
- Yo mañana salgo de viaje y regreso en un mes. Ven. No te vas a arrepentir. ¿Tienes con qué apuntar la dirección? ¿Conoces Polanco? Vivo en la calle de Newton, casi esquina con Galileo. Es un edificio blanco. En el número 123. Yo estoy en el pent-house. ¿En cuánto tiempo llegas?
- Una hora...
- ¿Por qué tanto?
- Estoy en una cita de trabajo... en un restaurante de San Ángel. Tengo que atravesar la ciudad y hay mucho tráfico.
- Vaya hombre ocupado. Yo te espero. Tienes que autografiarme tu libro.

Hilario terminó la llamada siendo otro. Durante sus veintisiete años de vida jamás había sentido tanta seguridad. Ni siquiera cuando anotó aquel glorioso touchdown en la final frente a los Pumas de la Universidad y lo sacaron en hombros del estadio.

Regresó a la mesa. Verónica se retocaba los labios. Ya se había quitado el saco. Lucía un torso espectacular. A Hilario le encantó ver que del ombligo le pendía una argolla de oro.

- Tengo que irme, Verónica.
- ¿Qué? ¿Me haces venir hasta acá para decirme que tienes que irte?
- Es que mi hermana.
- ¿Y..?
- Tiene un problema.
- Hombre tenías que ser. ¿Qué le pasa a tu hermana?
- Es una larga historia. Tengo que ir a su casa.
- ¿Y dónde vive?
- En Polanco.
- Ya me dijiste que no traes auto…
- Se descompuso…
- Si quieres te llevo.
- No quiero molestarte.
- No es molestia.
- Es que...
- Yo vivo en la Anzures. No me queda lejos. Aprovechas y me platicas algo de ti.

Caminaron rumbo al auto. Ella lo tomó del brazo. Después de la llamada a Déborah, Hilario sentía que el mundo se había modificado. ¿Cómo podía ser posible que una muchacha tan atractiva como Verónica estuviera absolutamente prendada a él; pues era lo que se sentía. ¿Acaso Déborah lo cargaba de suerte? ¿Era el atrevimiento, el saberse un hombre deseado? Sólo por comprobar su intuición tomó la mano de Verónica. Ella accedió gustosa. ¡Ya era suya! Todo era cuestión de besarla y...

Llegaron al auto. Antes la abrazó. Entre ellos circulaba gran energía. Como si sus cuerpos estuvieran moldeados el uno para el otro. Aunque trataron de ocultarlo, ambos sintieron gran excitación.

- Tú si que eres un desfachatado. Ayer platicamos cinco minutos, bailamos otros tantos, me citas al sitio más inaccesible de México, ahora me cancelas y por si fuera poco ya me traes abrazada.
- ¿Te molesta?

¿Para qué preguntarlo? Se notaba a leguas que la muchacha iba feliz. ¿Para qué retomar la inseguridad de siempre? Él ya era otro. Lo importante era atrapar el momento y ya nunca más dejarlo ir. Nunca más se mostraría inseguro ante ninguna mujer ni ante nadie.

- Odio a los hombres miedosos. ¿Sabías que por eso no tengo novio? Todos me tienen miedo. Es increíble. Es por eso que a veces prefiero mostrarme tímida y conservadora.

Como respuesta, Hilario la besó. La mujer estaba excitada, casi fuera de control. De haber querido esa misma noche le hubiera hecho el amor. Era cuestión de que se lo insinuara, ni siquiera tendría que pedirlo, pero él sabía que algo mucho más intenso le esperaba en Polanco.

- ¿Podría tu hermana esperar un momento?
- Está embarazada y es muy histérica. Si no voy, jura que me arma un escándalo. Hay más tiempo que vida. Mañana nos podemos ver.
- Si quieres ven a cenar a la casa. Siento que te conozco de siempre. Bésame. ¿Sabías que vine sólo por compromiso? Te me hiciste un muchacho “X”. Pero hay algo en ti que de pronto me excitó. No creas que soy una fácil que se besa con el primero que conoce. Si te dijera que soy virgen… no me lo creerás, pero así es. No es importante que lo creas. Te lo digo para que me trates con mayor tacto. Soy una inexperta. Enséñame a amarte, Hilario.
- Vámonos…

A pesar de todo, la muchacha iba feliz. Hilario era un dios. Cada segundo emanaba más seguridad. Sentía como cada una de sus palabras llegaba hasta lo más profundo de la mente de Verónica. Su ritmo y entonaciones resultaban exactos. Cada palabra adquiría profundidad magnética, mágica. Ningún placer supera al de la conquista. Él se sabía conquistador y ella conquistada. Ambos estaban fascinados con su fantasía.

- ¿A qué calle vas, mi amor?
- Galileo, casi esquina con Newton.
- ¿En serio? Yo ahí viví. En el edificio blanco. Durante un tiempo me dediqué al modelaje. Ahí viven varias modelos. ¿En qué departamento vive tu hermana?
- Sabes qué. Detente un momento. Quiero darte un beso.

Verónica se estacionó sin importarle que Hilario hubiera evadido la pregunta. Se besaron apasionadamente. Él le acarició los senos. Ella no se resistió. Deseaba ser de él. Que la noche fuera eterna. Que los límites no existieran. Que la única finalidad de la vida fuera ser el uno del otro.

- Pienso que para ti todo esto es sólo una aventura, Hilario.
- No seas tonta, me encantas.
- No basta con eso. Quiero que me ames.
- ¿Quién dice que no será así?
- ¿Qué hiciste para producirme esto? Hace unas horas ni te conocía y ahora estoy loca por ti. Quiero que mañana vengas a la casa. Quiero que te conozcan mis padres. No es que sea puritana, pero me ilusiona que sepan que ya tengo novio. Además, es Noche Buena, una fecha simbólica. Ellos creen que por ser tan exigente me voy a quedar a vestir santos. Sin duda he sido muy exigente, quizá hasta pedante, pero a ti sólo te pido que me ames. ¡Hilario, estoy mojada! Tócame un poquito para que lo sientas. Así mi amor. Te amo...
- Tranquila. Vámonos. Déjame en tu casa. Yo de ahí tomo un taxi.
- Me encanta. Olemos a sexo. Se te va a hacer tarde. Vámonos. Ya me empezó a dar miedo. Pienso que si seguimos no te voy a dejar ir. 
- Vamos. Prefiero dejarte en tu casa.
- Como tú digas, mi amor. La verdad es que estoy muy nerviosa. No sé si pueda manejar. Por favor toma el volante.

Llegaron a la casa de Verónica. Se despidieron con un apasionado beso. Una energía muy poderosa los unía. Y pensar que la noche apenas comenzaba. Sin duda lo que vendría después sería mucho más emocionante.

- Ni siquiera tienes mi teléfono, Hilario. Apuntalo. Llámame mañana. También apúntame tu número. No olvides que vas a venir a cenar a la casa. Te estaré esperando.

En cuanto se despidieron, Hilario tomó rumbo a la dirección de Déborah. Se sentía emocionado. Estaba resultando la noche más intensa de su vida. Tenía ganas de correr. En cuanto vio un taxi le hizo la parada. La calle de Newton estaba cerca. No le cobraría más de veinte pesos.

El auto tomó por la calle de Newton, por fin llegó a Galileo… el taxista a la fuerza quería charlar sobre la carestía. Hilario le contestaba sin pensar. Cuando se accede al mundo fantástico, lo común resulta insulso y hasta torpe. A Hilario lo que le interesaba era encontrar el número del edificio de la modelo.

¡Por fin el edificio! Ahora a buscar el timbre del apartamento. No tuvo dificultad. De inmediato vio las siglas del pent-house. Oprimió el botón temblando. Un segundo de espera, dos… siete segundos. Por fin la voz de Déborah en el interfono. El elevador, el botón del timbre del pent-house, la puerta por fin abriéndose.

La sorpresa fue mayúscula. Nunca supuso que la vida pudiera ofrecer ese tipo de placeres. Déborah era una mujer de belleza subyugante. Una mujer como jamás había visto o siquiera imaginado. Era un imán poderoso que sabe manejar su energía. Ojos negros, piel de tono canela y un finísimo caftán oriental que la rodeaba con aire exótico y a la vez elegante.

Hilario nunca la imaginó así. Suponía que era una rubia frívola, aunque muy sexy. Existen equivocaciones afortunadas. Déborah resultaba una mujer de gran profundidad, cargada de sensualidad felina.

El apartamento era de un lujo extraordinario. La decoración ecléctica le daba un tentador misterio. Llamaba la atención que todas las paredes estuvieran cubiertas de fotografías y pinturas donde ella aparecía. Aun así, la decoración cumplía con los principios de la elegancia refinada. Esa que no se aprende en revistas, sino que se lleva en la sangre.

- ¿Te gusta mi pent-house? Es mi “egoteca”. Ya me di cuenta que te llamó la atención ver retratos de Déborah por todos lados. No pienses que soy una ególatra narcisista. Amo ser fotografiada. Ese algo superior a mí. No puedo controlarlo y además me encanta. Siento que cada flash me reanima el alma. Algunos piensan que no tengo alma.
- ¿Y qué sientes cuando te pintan..?

Se formó un pesado silencio. Como si a la mujer le hubiera molestado la pregunta de Hilario. Ella tomó aire. Se mojó los labios y miró el cielo a través del enorme ventanal.

- Dime que algún día me vas a tomar unas fotos. Sé que eres el mejor fotógrafo de México. Jamás he hecho desnudo y sé que a ti te encanta desnudar a tus modelos. Si me propones un bello concepto, accedo. ¿Quieres una copa?
- Whisky. Dos hielos y agua mineral.
- No te imaginé así. Me dijeron que eres un hombre muy elegante. No supuse que fueras un hombre de pantalones vaqueros, saco de pana y zapatos de gamuza.
- A veces disfruto la informalidad.
- Me gusta que un hombre sea él. Como quiera ser, pero que no sea artificial. Tú por todos lados destilas seguridad. Es raro. Los hombres sensibles muchas veces son inseguros.
- ¿Cómo sabes que soy un hombre sensible?
- Por tu trabajo. Sólo un fotógrafo de sensibilidad exquisita puede realizar esos encuadres y lograr esas proyecciones y tonos de luz. Soy modelo profesional. Sé que mucho de lo que proyectas en una foto, es lo que a ti te proyecta el fotógrafo. Algo que me gusta de tu trabajo es que ninguna de tus modelos muestra vulgaridad. Todas son elegantes, imponentes, desafiantes. Sobre todo eso: desafiantes. Eso sin duda tú se los transmites. ¿Me equivoco?

En ese momento sonó el celular. Hilario quiso ignorarlo, pero seguía sonando.

-         Contesta.
-         Nunca cuando estoy ocupado.

Después llegó un mensaje: “Por favor devuélvame el teléfono. Para mí es muy importante. Es un regalo. Me comprometo a recompensarlo con cinco mil pesos. El aparato vale menos. Por favor comunicarse al teléfono...”.

- ¿Alguna admiradora?
- Un amigo que quiere que comamos mañana. 
- Que pena que no traigas tu cámara.
- No me digas que quieres ser fotografiada ahora.
- ¿Por qué no? No creo que hayas dejado en casa tu talento. Según el prólogo de tu libro, tu secreto es atrapar el momento cuando se presenta. ¿Es mentira? El mío es la espontaneidad. Juntando nuestros secretos podríamos lograr una concepción interesante.

Déborah con un movimiento sensual se quitó el caftán y se quedó sólo con un pequeño hilo blanco con un triángulo translucido. Así se recostó sobre un tapete oriental que adornaba la sala.

-  A veces la ropa interior estorba. ¿Le parezco interesante, maestro?

Lentamente bajó su tanga. Su movimiento era exacto, preciso. El ritmo de lo inalcanzable. Hilario la miraba fijamente. Como si con la vista se adueñara del cuerpo de la joven. Ella sin perder la clase se movía de manera felina mostrando todos los ángulos de su esplendoroso cuerpo.

- Que mirada tan profunda.
- No se te puede mirar de otra manera, Déborah.
- Sólo un hombre me ha visto con tanto deseo. Pensé que el momento no se repetiría jamás. ¿Sabías que la energía de la mente es mágica?
- ¿A quien miras, Déborah? ¿Al hombre o al artista?
- ¿Puede separase uno del otro? ¿Porque no te recuestas aquí junto a mí?
- Quizá sea mejor fotógrafo que amante.
- La magia que destila un hombre crea la pasión. Se mío. Quiero ser tuya. Quiero que nuestras sensibilidades se unan. ¡El amor es magia! ¡Es química! Te deseo. Sé que ya lo viste en mis ojos. No vale la pena fingir. ¿Sabes? Hueles a sexo. Vienes de estar con otra. Lo intuyo. Eso me excitó. ¿Es más bella que yo?

Hilario comenzó a besarla. La piel de Déborah emanaba electricidad. No era una entrega estudiada, era la pasión misma rebasando a ambos. Como si el deseo lo hubiesen contenido desde siempre, desde toda la vida y quisieran entregárselo en ese instante.

- No te voy a permitir que me hagas el amor.

Lo tomó del sexo. Su mano palpitaba con la intensidad más apasionada. Hilario sentía que iba a reventar.

- Si quieres algo conmigo, tienes que prometerme que seré la única. Ya sé que puedes mentir, pero te juro que me voy a dar cuenta y si algo detesto es el engaño. Puedo odiarte si no cumples.
- ¿Y sí cumplo?
- Nadie te va a hacer sentir el amor como yo. Soy tu energía gemela. Cuando me entrego, lo hago de una manera total. Sin reserva. Sólo una vez lo hecho. Fue a los quince años. Me enamoré profundamente. Hace diez, exactamente. Él era un gran pintor, pero vivía frustrado porque su obra no era apreciada ni por el público ni por la crítica.
- Suele suceder.
- Escúchame. ¡Aprende a escucharme! Él creía que a mí me importaba mucho que lo reconocieran. Tenía pánico de perderme, que yo me enamorara de otro, que alguien me deslumbrara con su fama o dinero. Una noche de Navidad me prometió llevarme al mar y preparar para mí una fogata y una gran cena. Después pintarme. Llegó el día y él no tenía un centavo ni tan siquiera para comprar cualquier cosa. Eso lo atormentaba. La inseguridad lo hizo suicidarse.
- Pero...
- ¡Escucha! Aprende a escuchar. Después de eso decidí entretener mi mente de algún modo. Varios de sus amigos pintores me ofrecieron trabajo como modelo. Lo único que les interesaba era poseerme. Nunca nadie lo logró. Después infinidad de millonarios han tratado de seducirme. Odio ver como a esos hombres el dinero o el poder los hace emanar seguridad. Aquella que él nunca tuvo. Si él hubiera sabido que la verdadera seguridad brota del alma.
- Olvida el pasado...
- Los hombres que tratan de conquistarme no despiertan en mí el amor, sino el resentimiento. Estoy resentida con la vida, con el dinero y el poder. ¿Te acuerdas de ese poema que escribiste al píe de la foto de la chica que fotografiaste en el desierto? Dímelo y soy tuya.
- No lo recuerdo.
- Yo sí.

Me entrego a la vida
a través de la dulce linfa
de tu cuerpo
y el aullido del alma.

Hilario la besó profundamente. Le repitió el poema al oído. Sentía que eran palabras de él. Ella lo desnudo. Le pidió que la dejara hacerlo suyo. Que él tan sólo se dejara hacer.

- Yo sé que él está muerto, pero la deuda de amor que abrió conmigo, la va a saldar a través de ti. Su fantasma me ronda todas las noches. Ya no puedo vivir de lo que me da un espectro. Necesito a un ser real, auténtico. A un hombre de carne y sangre. Dime que tú eres ese hombre.

Hilario le hizo el amor con una intensidad que no era de él. Parecía que una fuerza ajena obrara a través de su cuerpo. La entrega duró horas. Al parecer cuando el clímax se acercaba una paz espiritual llegaba hasta él, prolongando el momento interminablemente. Cada acercamiento al momento del orgasmo les producía una sensación diferente, como si la pasión quisiera mostrarles todas sus gamas y matices. Al llegar el amanecer el acto se consumó. Se quedaron dormidos. Ella recostada sobre su pecho. A las ocho de la mañana sonó el despertador.

- Tengo que irme, Hilario. Mi vuelo sale a las once. Quédate. Está es tu casa. Yo regreso en un mes. Si quieres puedes venir a vivir aquí o llevarme donde tú quieras. Las llaves las voy a dejar sobre la mesa del comedor. Yo me llevo otro juego. Regreso el día diez. Me hubiera encantado pasar la noche de Navidad contigo, pero tal vez el destino quiera separarnos unos días. Serán muy buenos. Tendrás tiempo de pensar. Yo sé que tú eres el hombre que siempre he amado, yo sé que también soy la mujer que ha vivido en tus sueños.

Déborah se vistió apresuradamente y se fue. Hilario estaba raptado por la emoción. En unas cuantas horas su vida giró de manera diametral. Se levantó. Caminó desnudo por el apartamento. Era un sitio mágico, lleno de elegancia y vibración. Por todos lados pendían cuadros pintados por aquel amor de Déborah. Por ese hombre que la noche anterior sin duda rondó sus cuerpos y ahora ya podría descansar tranquilo.

Caminó hasta el baño. Se metió al jacuzzi. Necesitaba purificar su cuerpo y sus sentidos. Era un dios en el momento del renacer. Recordó a Verónica. Decidió llamarla.

- ¡Hilario, que gusto! ¿Dónde estás, mi amor? Te estuve llamando hasta muy tarde, pero nadie me contestó. Estaba preocupada.
- Tranquila. Me quedé a dormir en casa de mi hermana.
- Estuve toda la noche pensando en ti. Ya le conté lo nuestro a mi madre y quiere conocerte. Dice que estoy enamorada y eso es muy peligroso. Que una mujer enamorada pierde su sentido de la realidad. Estoy segura que tiene razón, pero tú me vas a guiar. Dime que así será.

Hablaron por más de una hora. De pronto el miedo fue invadiendo a Hilario. Cuando concluyo la llamada estaba temblando. Sabía que estaba transgrediendo las leyes naturales de la vida. Fue por el celular y revisó los recados. Sólo permanecía el del dueño del teléfono. Tenía miedo, mucho miedo. Pero algo le dijo que debía regresar el aparato. Que la magia ya estaba dada. Por fin marcó el número del dueño.

Le contestó una voz profundamente varonil. Hilario le explicó que la noche anterior al salir del restaurante encontró el teléfono tirado en el piso. El hombre le dijo que no lo dudaba, que era un ser profundamente distraído. Que sin duda al pagar la cuenta lo tiró o algo así. El hombre le dio la dirección de su casa. Hilario prometió llevar el teléfono esa misma tarde. Al terminar la llamada una gran tranquilidad lo invadió, ¿o acaso era vacío?

Fue hasta el refrigerador y tomó un yogurt y una manzana. Decidió dormir un rato más. La noche había sido muy tórrida y quizá le esperaba una similar con Verónica.

Tal y como acordó, al llegar la tarde fue hasta la dirección del dueño del celular. La casa estaba muy cerca del sanborn’s. Era una casona antigua con un enorme portón de madera apolillada. Parecía abandonada. Hilario estuvo tocando más de diez minutos hasta que una vecina le dijo que ahí nadie vivía desde diez años atrás.

- No puede ser. Yo hoy por la mañana hablé con el dueño.
- Tal vez apuntó mal la dirección, joven.
-. No. Estoy seguro que este es el número.
- Y si se equivocó de calle.
- No. Estoy seguro...
- El dueño de esto se suicidó hace diez años. Una noche de Navidad, así como la de hoy. A lo mejor habló con su fantasma. Dicen que ronda por aquí.

El pánico invadió a Hilario. Trató de no hacerle caso. De pensar que la gente para sentirse viva se inventa historias fantásticas.

- Se puso verde. ¿Qué le pasa?
- Nada. Le iba a decir que no creo en fantasmas.
- Yo tampoco, pero dicen que el Pinta Monos murió de amor. Así le decían: el Pinta Monos. Pintaba cosas muy raras y, aun así, todas se volvían locas por él. Era un hombre muy misterioso. Dicen que él sólo amó a una niña. Bueno, a una muchacha de quince años. Dicen que a veces una mujer muy hermosa y elegante viene a la casa. Entra. A lo mejor tiene llaves, a lo mejor también es un fantasma. El caso es que llora a gritos hasta el amanecer. Muchos la han visto aullar desnuda en la terraza. Yo pienso que es pura maldad de los hombres que se imaginan lo que no. Algunos vecinos hasta han llamado a la patrulla, pero cuando llegan los policías, la mujer ya se esfumó. Vaya usted a saber... hasta luego.
- Hasta luego.
- No se meta con los espíritus. Sus leyes son otras.

Hilario se quedó aterrado. Tomó el teléfono y marcó el número. Después que sonó el timbre varias veces, por fin contestó la voz. Sólo le dijo: gracias por amar a Déborah. Ella necesitaba que un hombre real la hiciera olvidarme. Me permití usarlo a usted. Ella sólo es un cuerpo vacío. Su alma me la entregó a mí. Aun así, ella lo necesita.

Cuando Hilario pidió más explicaciones, el hombre colgó. Hilario volvió a marcar, pero nunca más le contestaron. Un sudor helado perló su frente. Caminó hasta el Metro. Como un zombi recorrió los pasillos del subterráneo. La gente se agitaba cargada con regalos. No faltaron algunos que iniciaron el “brindis” desde temprano. Él sentía que caminaba por otra dimensión. Que era un ser raptado por sus miedos y pensamientos.

Estaba temblando. La fiebre lo mareaba. ¿Hacia dónde huir? El tren tardaba eternidades. Por fin llegó. Subió al vagón. Se fue a una esquina y ahí contra la pared se puso a rezar. Como un autómata llegó hasta la estación Polanco. Caminó hasta el apartamento de Déborah. Tal vez pudiera recobrar la calma durmiendo un momento, tomando una copa... algo debía reanimarlo, devolverlo a la realidad.

Abrió la puerta del edificio. Tomó el elevador. Cuando estaba abriendo la puerta del apartamento, una voz lo sacó del rapto.

- ¡Hola..!
- ¿Qué haces aquí, Verónica?

La sorpresa de Hilario fue mayúscula. Nunca esperó ser descubierto. Quiso ser tragado por la tierra. La chica mostraba seguridad. Tal vez hasta ironía.

- Vine a visitar a tu hermana.
- ¿Cómo supiste..?
- Acuérdate que yo también viví en este edificio y conozco a todos los inquilinos. Admito que tu amante es bella.

Hilario no sabía qué responder. Entendía que en ese momento mentir resultaba una tontería. No había manera de ocultar la verdad. Aun así, lo intentó.

- No es mi amante... déjame que te explique…
- ¡No mientas! Ni ella ni yo soportamos las mentiras.

Hilario trató de huir. Instintivamente abrió la puerta del apartamento. Quiso contener a Verónica pero no pudo.

- Por favor vete, Verónica.          
- ¡Merezco una explicación!
- Yo también quisiera una explicación.
- Sé lo que te ocurre.
- ¡No sabes nada!
- Mírame. ¿Notas algo en mí? ¿Ya te diste cuenta que no soy la mujer sensual de anoche? Soy una mujer común y corriente.

Las palabras de Verónica eran reales. Efectivamente era una mujer común, no la mujer sensual que el día anterior había seducido Hilario.

- ¿Qué es lo que está ocurriendo, Verónica?
- No lo sé. Pero hoy por la noche te vas a suicidar.
- ¡Estás loca!
- Si así fuera podría seducirte, así como lo hizo Déborah. Ella sí está loca.
- ¿Tú sabes quién es ella?
- Una mujer fascinante, pero muerta. Un cuerpo vacío. Es sólo un espectro de carne y hueso, pero su mente no es de este mundo. Yo viví en el apartamento de abajo. Durante las noches ella celebraba rituales para revivir a ese pintor que amó a los quince años. Un día bajó llorando hasta mi apartamento. Me contó su historia. En el fondo es una gran historia de amor. Desgraciadamente la locura la truncó. Me pidió ayuda. La vi tan mal que le seguí el juego. Al otro día llamé a mis padres y les dije que tenía problemas con una vecina. Ellos me llevaron a casa. Nunca les dije que tipo de problemas. Sé que yo fui la única amiga de Déborah, la única que podía ayudarla a salvarse y hui como una cobarde.
- ¿Cómo podrías ayudarla?
- Ella quería que yo me comunicara con el pintor. Que hablara con él a través de la mente. No me atreví. Soy una miedosa. Mi carácter es otro, mi vida es otra.
- ¿Y por qué no hablaba ella?
- Los locos pierden la comunicación con el aquí y con el más allá. Yo no nací para los misterios. Yo soy una muchacha común que desea encontrar a un hombre que la quiera y respete, no más. La semana pasada me llamó Déborah llorando. No resistí su dolor y vine a visitarla. Me propuso un trato. Si yo la ayudaba a comunicarse con su amante, me entregaría la fuerza de su sensualidad. Acepté el trato. Tres noches invocamos al pintor juntas. Por fin llegó. Se perdonaron.

Hilario estaba estupefacto con la historia. Todo lo que le había ocurrido estuvo planeado. Y lo que era peor, por locos o quizá hasta por seres del más allá. Verónica continuó contándole.

- Los amantes deben aprender a perdonarse. Él prometió ya no rondarla, darle la oportunidad de renacer. Ella por fin se liberó de sus cadenas. Tomó mis manos me impregnó de su energía. Yo ahora soy dueña de su sensualidad. No pudo usarla a mi antojo. Sólo surge en los momentos en que siento gran pasión. Déborah nunca más va a regresar. En algún sitio será una mujer común y sin duda hallará a un hombre que la ame.

Verónica comenzó a estremecerse. De su cuerpo emanaba pasión. De un momento a otro, fue la mujer irresistible que la noche anterior había conocido Hilario, como si el mirarlo a los ojos la excitara. En menos de un minuto se transformó. Lo más notable era su respiración. No sólo era un jadeo agitado. Era algo más. Un aire eléctrico con olor dulce, con aroma metálico que excitaba.

- Estás excitadísima.
- Yo no ansiaba vivir con el deseo a flor de piel, ¡te lo juro, Hilario! Yo no sabía que el deseo profundo aunado con el dolor, es el secreto de la sensualidad. Yo era feliz siendo una más, una mujer común y corriente. Estaba convencida que basándome en la ternura y los buenos tratos, podría encontrar al hombre de mis sueños. Estoy por terminar mi carrera. Voy a ser una profesional. Una mujer capaz de pensar y decidir. Mi sueño es vivir en paz, formar una familia, disfrutar de la charla y del calor del hogar. De vez en cuando organizar una cena o un paseo y vivir algo bonito, no importa que no sea excepcional. A Déborah no le importó nada de esto. Lo mismo que te acabo de decir se lo dije a ella. A mí no me interesa la locura de amor. Ahora me doy cuenta que cuando se desatan mis pasiones no tengo ningún dominio sobre ellas. Te deseo con la intensidad más profunda, a la vez me dueles. Cuando la emoción se apodera de mí, de mi cuerpo emana toda la potencia de su energía para atraerte. Es por eso que tú también estás excitado. No necesitas decírmelo. Lo veo y lo siento, también lo sé.

Era real lo que la chica decía. Cuando la escuchaba, Hilario se daba cuenta de su erección incontrolable.

- Todo está en la mente. ¡Seamos cómplices! La vida es una constante alucinación producida por nuestros deseos. Cuando unas tu deseo al mío, tu alucinación a la mía, la potencia de tu cuerpo a la del mío; alcanzaremos la paz y ahí el amor es dulce.

El deseo superaba a Hilario. La deseaba profundamente. Mientras Verónica hablaba, la vehemencia de los dos crecía. Tanto que los llevó hasta un clímax emotivo. Hilario se olvido por un momento de la locura que estaba viviendo y se acercó a ella. La besó hasta el cansancio. Se desnudaron y se hicieron el amor. Todo ocurrió sin exaltaciones. Fue un acto puro donde dos seres humanos experimentaron el amor sin querer robarle sentimientos a la pasión o a la locura. Era el sueño de Verónica y un sentimiento que Hilario jamás consideró que existiera, aunque al presentarse, resultaba lo más grandioso que había experimentado. De pronto ella reaccionó asustada. Al parecer algo importantísimo había olvidado.

- Hilario, sal de mí. Hoy es Noche Buena. Son las siete de la noche. Si no detenemos el embrujo, tú a la media noche terminarás suicidándote. 
- ¿Qué?

Hilario estaba sorprendido. No alcanzaba a comprender la magnitud de las palabras de la chica. La realidad es que sólo quería vivir la ternura del momento y olvidarse de la locura del más allá.

- Tranquila. Vamos a cenar a tu casa. Quiero conocer a tus padres.
- La locura es un embrujo que hay que detener. Apenas y tenemos tiempo, Hilario. Por favor apresúrate. Sal de mí…
- Olvídate de esas ideas, Verónica. Vamos a tu casa a cenar. Brindemos por ti y por mí y piensa que toda esto fue un sueño. Lo importante es que tú y yo nos amamos. A nuestra manera, así como tú lo propones, con la sencillez del amor.
- Ojalá fuera tan fácil. Lo más duro viene ahora. Abajo tengo el auto. Vamos a la casona del pintor. Es por tu vida y no estoy jugando.

Llegaron al centro de la ciudad. Unos minutos después estaban frente de la casona del pintor. Eran las ocho de la noche. Hilario insistía en olvidarlo todo e irse a cenar a la casa de Verónica. Ella no hacia caso del joven. Estaba convencida de lo que hacía y segura que de no hacerlo, las consecuencias sería funestas.

Abrió la cajuela de su auto y sacó una varilla para forzar la puerta. Frente a ellos pasó una procesión de niños que cantando villancicos y jugando con sus velas pedían posada con los ojos sonrientes.

- Esto es una locura, Verónica. ¿Qué tiene que ver esto con la vida de paz y tranquilidad que me propones?
- La paz es tan poderosa como la magia y cuesta lo mismo.

Un niño de la procesión fue hasta ellos y asustado les advirtió mientras los alumbraba con su velita.

- Si no se van de aquí, va a venir el Pinta Monos y los va a asustar. Les juro que aunque hoy sea el día en que nace el Niño Dios, aquí asustan.

El niño al ver la indiferencia de la muchacha se echó a correr para alcanzar la procesión. Verónica intentó abrir el portón con la varilla. Al ver que la mujer estaba decidida, Hilario le ayudó. No fue difícil hacer ceder la aldaba. El gran portón se abrió con tremendo rechinido. Ella tomó aire y entró.

El lugar era tétrico. El olor a humedad resultaba penetrante. Él la siguió, más por orgullo que por convicción. Frente a ellos apareció un gran patio español, oscuro y lleno con los escombros del abandono. Al fondo una escalera de caracol de piedra de cantera y formas asimétricas que sin duda había sido diseñada por un artista.

Lo más difícil de ver era el techo. Era un frontispicio que por sí sólo ofrecía un espectáculo alucinante con su nutrida población de gárgolas y canalones con figuras de la mitología demoníaca.

Inventándose valor, subieron por la escalera de caracol que estaba cubierta por una lúgubre enredadera de hojas secas y telarañas pegajosas. El instinto de conservación hizo que se tomaran de la mano.

Un gato se cruzó en su caminó y se detuvo frente a ellos jugando con la electricidad de su pelambre. Verónica gritó. Hilario quería hacer lo mismo, pero su orgullo de macho lo ayudó a contenerse.

- Verónica, tienes que explicarme qué es lo que vamos a hacer.
- Ellos necesitan de tu cuerpo y del mío para manifestarse. Sin nosotros sólo son energía distorsionada.
- ¿Vamos a terminar como ellos?
- ¡No! No digas eso.
- Es que…
- Vamos a ayudarles a encontrar la paz. Necesitan hacer el amor a través de nosotros. Acuérdate que se amaron con la misma profundidad del cosmos.
- ¿Estás loca? Después del problema en que nos metieron, ¿vamos a agradecerles? ¡Vámonos, Verónica!

La chica lo miró con firmeza. Al parecer ya había superado la barrera del miedo. Ese punto en que el miedo se transforma en instinto y el humano es capaz de superar las barreras de su mente y su cuerpo y es capaz de ver claramente su misión.

- Vete tú si quieres, Hilario.
- ¡Estás loca!
- No seamos tan egoístas. Nos necesitan. Nos han dado mucho. Ellos a través de ti y de mí fundirán lo que vaga de su energía terrena. Consumirán lo último de su brío por medio de un orgasmo. Ella para renacer y él para morir en paz. Necesitan de nuestros cuerpos y nuestra pasión. Si queda una partícula de esa energía en esta dimensión, ellos no podrán estar en paz. ¿Te das cuenta? ¡Nos necesitan!

Hilario no alcanzaba a convencerse. Él aún no superaba la barrera del miedo. Ella lo sabía. Cuando se brinca esa barrera el instinto todo lo sabe. Lo único que hizo la chica fue tratar de infundirle seguridad a través de su mano. Llegaron hasta el fin de la escalera de caracol. El olor a humedad cada vez era más intenso, casi hipnótico. Una puerta estaba frente a ellos. Verónica sin pensarlo mucho, la empujó. Ambos estaban temblando. Sólo que ella por la excitación de la aventura de la mente y él por miedo.

- No creas que es miedo, Verónica. Hace mucho frío. Mucho frío...
- La cobardía es enemiga de la felicidad.

Entraron a la sala. Tirada en el piso estaba Déborah. Sólo era su contorno. Su cuerpo era una diminuta fuente de energía. Al parecer un espectro con miles de años de antigüedad. No emanaba la sensualidad que Hilario conoció. Era sólo una anciana eterna que se aferraba a la vida.

- Gracias amigos por venir. Gracias amigos por venir. Gracias amigos por venir. Gracias amigos por venir. Aún emito luz. ¿La alcanzan a ver? Díganme que sí. Gracias amigos por venir. Gracias amigos por venir…
- La vemos, Déborah...
- Quiere decir que aún hay esperanza. El espíritu de Alfonso ya no puede emanar luz. Está a punto de desaparecer en el limbo. Ahí donde se pierden aquellos que no se atreven a realizar su amor, aquellos que lo confunden con el egoísmo o la posesión. ¿Verdad que ustedes nos ayudarán?

- Sí te ayudaremos, Déborah.
- Cuenta con nosotros.

Fue al ver el espectro de Déborah que Hilario pudo superar la barrera del miedo. Ahora ya estaba en la dimensión donde la fe todo lo puede.

- ¡Te ayudaremos!
- ¡Te ayudaremos, Débora!
- Si es así, mi cuerpo podrá vivir tranquilo en una isla de pescadores. Me he soñado vendiendo artesanías. Los sueños de paz, son tan intensos como los de amor. En el fondo siempre se encuentran. Son los extremos que se unen. En esa isla encontraré la paz del amor. Él irá a un lugar donde van aquellos que miraron la luz. Él supo ver la luz. Su ego lo enloqueció. Odiaba que le dijeran Pinta Monos. Por fin encontrará la luz que alguna vez perdió.
- Tranquilízate, Déborah. Hilario y yo los ayudaremos.
- Diez años mantuve vivo el espíritu de Alfonso. Lo hice a costa de la energía de mi corazón. Es decir, a costa de mi alma. No quería dejarlo en el limbo. Ya no puedo más. También lo mantuve vivo gracias a la memoria, pero esa pronto enloquece. No aguanta tanto dolor. La memoria es uno de los manantiales de energía, pero se agota y comienza a producir fluidos dolorosos. Cascarones astrales que contaminan el aura. ¿Escuchan esa melodía? “Es noche de paz”.

Efectivamente se escuchaba a lo lejos el canto de un niño. Tal vez era el niño que un momento antes habían visto en la puerta y les advertía de la presencia de espíritus raros. Déborah en un esfuerzo inaudito, continuaba hablando.

- Fue hace diez años en una noche como esta. Fue aquella Navidad en que Alfonso decidió cortar su existencia. Déjenme les cuento, para que nos entiendan. En aquella Navidad, él todo el día estuvo raro. No quiso tocarme. Se sentía indigno de mí. Era tal su desesperación que empezó a llamar a las galerías para ver si alguna se interesaba en comprarle un cuadro. Nadie le contestó. En estas fechas las galerías cierran. Alfonso tomó el último de sus lienzos en blanco. Ese donde iba a pintarme desnuda en el amanecer de la Navidad, surgiendo del mar. La figura de un Cristo de luz naciendo de las aguas, sería el fondo de la obra. Según Alfonso, los grandes maestros de la humanidad se comunican con nosotros a través del mar. Ese océano líquido paralelo al que habita en nuestra cabeza y llamamos inconsciente.
- Tranquilízate, Déborah. No gastes tu energía.
- Aún conservo la suficiente. Una mujer que no esté plenamente convencida que en su interior existe la suficiente energía, es mujer muerta.
- Les vamos a ayudar.
- Al llegar la noche y ver que no conseguía dinero, Alfonso enloquecido tomó unos pinceles y de un trazo pintó un Santa Claus y unos renos. Me dijo: esta es la única fantasía que la gente entiende. Enfurecido se fue a la calle con la idea de vender el cuadro. Dos horas después regresó llorando con una bolsa de pan, salami y una botella de sidra. Yo quise abrazarlo y decirle: ¡no me importa! ¡Te amo más que al mito que has formado a tu alrededor! En tus ojos veo los de Mozart y los de Beethoven. Veo a Vang Gogh y a Oscar Wilde, veo a todos aquellos que vivieron más allá de la renuncia… Todo eso quise decirle, pero la realidad es que le dije que era un miserable. Nadie pregunte por qué, pues durante diez años me he preguntado lo mismo y no encuentro ni encontraré la respuesta.

La luz de Déborah comenzó a extinguirse. Al parecer era la última. Verónica apretó la mano de Hilario. Comenzó a excitarse y de manera mágica la luz de Déborah adquirió intensidad.

- Alfonso al ver mi desprecio se lanzó por la ventana. El tiempo se detuvo. A lo lejos se escuchaba “Noche de paz” y las campanas de Catedral. Yo bajé corriendo. Él ya estaba muerto. Lo cubrí de besos con el ansia de revivir el cadáver. En ese momento supe que ni con toda mi belleza podría revivir el cadáver del amor que había despreciado. Fue la noche más larga de mi existencia: Delegaciones, Médico Forense, dolor, luces navideñas, gente que no imaginaba lo que me ocurría y desde lejos me felicitaba. Hombres proponiéndome sexo, trámites burocráticos, indiferencia. Al llegar el amanecer, ya no me permitieron estar junto al cadáver. Tenían que practicarle la necropsia. Logré que su cuerpo fuera enviado a la Universidad para que sirviera de estudio a los jóvenes pintores. Sin duda a él le habría gustado. Cuando todo terminó, no pude más. Tiré los zapatos y descalza salí a la calle corriendo. Sentía que al detenerme el recuerdo me iba a destrozar la mente. ¡Corrí y corrí!

Verónica e Hilario escuchaban asombrados. Déborah los tomó de la mano. Pudo levantarse y a paso lento los condujo hasta el cuarto de baño. De manera ritual los desnudó y con extrema suavidad los acomodó en el interior de la tina. Ella tarareaba “Noche de paz”. La voz del niño se seguía escuchando a lo lejos.

El agua de la tina despedía una deliciosa temperatura. Déborah con su relato los hipnotizó. Ellos ya eran unos autómatas a la voluntad del espectro alucinado por el amor.

- Era veinticinco de diciembre en la noche. Mis píes sangraban. La poca gente que había en la calle me miraba sorprendida. Pensaban que estaba borracha o drogada. Pasaron horas antes de caer desmayada. Al despertar juré ante la luna del día veintiséis de diciembre que jamás iba a permitir que la energía de Alfonso me abandonara. Él prometió que viajaríamos juntos más allá de las dimensiones y no iba a irse sin mí. Fue egoísmo y culpa, no amor. Él no regresó por amor, regresó por egoísmo, por el desquite. Yo lo había ofendido. Esa noche su fantasma bajó hasta mí. Lentamente subió a través de las heridas de mis píes. Me hizo el amor y me dijo que a través de mi energía genital podría mantener su energía en este mundo. Al hacerme el amor, se llevó mi alma. Ahora me la devolverá. Él durante diez años vivió insertado en mi mente y mis órganos genitales. He aceptado que lo amo y es por eso que lo he enseñado a perdonar. Nos hemos perdonado. Esta noche es la culminación del perdón. Es la noche de Cristo y la noche de quien desee perdonar. ¡Eso es la Navidad!

La mujer estaba excitada. De pronto surgía en ella un destello de su gran belleza. De pronto era casi polvo del cosmos a punto de perderse. Quiso seguir hablando.

- Para que nadie supiera mi secreto, me convertí en una mujer que vivió sólo para cultivar su belleza física. Fue una estupenda forma de olvidarme de mí, de no saber de mi alma. Ahora estoy feliz, pues el amor es el ingrediente único de la felicidad. El perdón es el ingrediente del amor y la paz el ingrediente de los sueños. Hoy cumpliré un sueño. Alfonso también. Que bueno es poder decir: hoy cumpliré un sueño. Ojalá algún día todos lo puedan sin temer lo que diga la realidad y su cuadratura.

Déborah comenzó un ritual de luz. El baño se iluminó. Al parecer cada estertor energético que surgía de ella, le producía enormes dolores, pero a la vez la liberaba. Se ayudaba aullando. Al lanzar un grito desgarrador, su cuerpo se iluminó como el de una luciérnaga. Del verde pasó al rojo vivo. Con las chispas que brotaban de su cuerpo, la casa comenzó a incendiarse. Ella calló al suelo casi muerta. Al fondo apareció Alfonso. Con infinita ternura la levantó del piso. La tuvo entre sus brazos.

- No la llevo conmigo. La conduzco a la isla donde renacerá.

De pronto la casa se transformó en el mar. A lo lejos la figura del Cristo surgía del agua. Así tal y como Alfonso prometió pintar a la muchacha en el amanecer de la Navidad. El cuerpo de él se transformó en cenizas y el de ella en el de una paloma que voló por entre las olas.

Un estremecimiento hizo que el cuerpo de Verónica reaccionara. Hilario la miró sonriendo. Ella se disculpó por el retraso.

- Perdón, Hilario. Tuve que estacionar mi auto un poco lejos... sabes, una casa abandonada se está quemando.
- No es necesario que me expliques. Sé donde estuvimos, Verónica.
- No te entiendo.
- Sé que el amor es tiempo y espacio, exactitud, sincronía. Una cadena que corre a través de todos los seres humanos. Esta noche el eslabón es nuestro.
- ¿Cómo lo sabes?
- Mientras estuve esperándote, mi mente viajó.
- Eres un loco. Toma. Este cuadro es tu regalo de Navidad. Con cuidado, aún está fresco. Un pintor desesperado me lo vendió. Es una pintura rara. El artista me dijo: “Necesito dinero. Cómpramelo, a quien se lo des, le entregarás la Eternidad. Cómpremelo, necesito el dinero urgentemente, esta noche viajo hacia la luz, me acompaña la libertad. ¡Cómpramelo! Si alguna vez vas a una isla, ahí encontrarás a la modelo del cuadro. Te dirá: soy feliz y lo dirá con el corazón”.

Cuando traté de pagarle, se echó a correr. Desde lejos me gritó: “con ese dinero regálale una flor a la mujer de la isla”. ¿Te gusta el cuadro, Hilario? Es una mujer desnuda caminando en la playa. Al fondo surge una figura. Parece que los colores están vivos. El pintor me dijo que esa figura del fondo es la pasión. ¡Feliz Navidad!

Miguel Ángel de Bernardi
®