El Mensaje
Por
Miguel
Ángel de Bernardi
Escribir es como
rodar montaña abajo
Charles Bukowski
La realidad es
mágica
y la vida así
es. Feliz realidad.
Era la víspera
de la Navidad. La ciudad de México comenzaba a oscurecer. En ese momento ocurría
la mayor afluencia al restaurante del Sanborn’s de los Azulejos. La gente tomaba
café, cenaba, bebía. Mostraba ese contraste entre depresión y euforia tan común
en fechas navideñas.
La gente iba,
llegaba, daba vueltas; así interminablemente. Hilario se sentía arrepentido por
haber concertado una cita a esa hora, sobre todo en un restaurante tan
concurrido. Veintitrés de diciembre por la noche, sólo a un loco se le ocurre.
Y a un loco de atar, que la cita sea en el Centro de la ciudad. En ese momento
todo mundo estaba preparando sus compras o rumiando sus penas y sus peleas
navideñas, o ya de plano, iniciando la fiesta.
Durante cuarenta
y cinco minutos Hilario esperó a que le asignaran mesa, y lo peor era que
Verónica no llegaba y quizá ni llegaría. Él muchas veces se prometió no volver
a planear un encuentro con una mujer recién conocida. Infinidad de ocasiones lo
habían dejado plantado. No es nada grato esperar a una mujer y peor si esta
nunca llega.
A Verónica la
conoció el día anterior en la posada que organizaron en la Universidad donde
Hilario daba clases de Educación Física. Su asignatura era la menos importante,
pero el sueldo le servía para sobrevivir. Además, era un trabajo atractivo. Por
lo menos mejor que trabajar de empleado en la tienda de su tío. Otra de las
ventajas era que las chicas de la Universidad lo veían con cierta admiración.
Sabían que jugó fútbol americano y que había sido corredor estrella con el
equipo del Politécnico. Él se encargó de inventar la historia de que los
Vaqueros de Dallas estaban interesados en contratarlo. La verdad era que nadie
le había propuesto nada. Después de todo, ¿qué sobreviviente del tedio no
inventa una mentira?
Hilario acababa
de cumplir veintisiete años. A duras penas logró terminar la carrera de
Ingeniería en Electrónica, aunque aun le faltaba el examen profesional. La
verdad es que le temía a ese trance. El estudio nunca fue su fuerte. Lo peor es
que sentía que el tiempo cada vez corría con mayor prisa. Sin duda esa
percepción era producto de su soledad.
El día anterior,
Verónica llegó a la posada acompañando a una alumna de Hilario que estudiaba en
la facultad de Medicina. Desde que él la vio se sintió atraído. Desde luego que
la invitó a bailar. Ella primero se negaba excusando no saber un solo paso de salsa.
Eso no fue obstáculo. En cuanto cambiaron el ritmo, Hilario volvió a la carga y
le fue a rogar para que bailaran. Esta vez la chica sí aceptó, aunque es bueno
aclarar que sin mucho gusto.
Lo importante era
que bailando podían charlar, conocerse, caerse bien. ¿No era mucho pedir? Claro
que Hilario se preciaba de ser buen conversador pues algunas mujeres se habían
prendado de su charla. ¿Por qué Verónica no podía ser una de ellas? No era fea,
aunque tampoco una belleza. Podía decirse que era… hasta simpática.
Ella no pensaba
quedarse mucho tiempo en la fiesta. Hilario le propuso verse al otro día y así
charlar tranquilamente. La chica aceptó con indiferencia. Hilario sabía que la
invitación no la emocionaba.
Tal vez Verónica
dijo sí sólo por compromiso. Sin duda la muchacha tenía novio. Cómo una mujer
atractiva iba a estar sola y mucho menos esperando que el primero que se le cruzara
la invitara a tomar un café al Sanborn´s de los Azulejos. Como si una
invitación así fuera la gran cosa.
Las mujeres por
instinto saben que quien las invita a salir está interesado en ellas. Acuden a
las citas por curiosidad, aburrimiento, por levantarse el ego y hasta por
miedo. Existen ciertos temores que las atraen. Difícilmente van convencidas de
acceder a una declaración de amor. Si Hilario por lo menos hubiera tenido el
dinero suficiente para invitarla a un sitio de moda.
Él ya estaba
esperando lugar. Por fin se desocuparon varias mesas. La gerente del lugar
gritó el nombre de Hilario y después lo condujo hasta la mesa. Por fin podría
sentarse. De inmediato llegó la mesera con su traje extraño y le preguntó si
esperaba a alguien o estaría solo. Le apenó decir que esperaba a alguien. Si
ella no llegaba la mesera lo notaría y el ridículo sería peor.
Colocó el saco
sobre el respaldo de la silla. Aunque era la víspera de la Navidad, el calor
era insoportable. Se sintió bien al mostrar su figura atlética. Que raro. Sobre
la mesa estaba un teléfono celular y lo más extraño es que era similar al de
Hilario. Sin duda alguien había olvidado el aparato. Hilario instintivamente
trató de entregarlo a una mesera. En ese momento sonó el timbre del teléfono. Era
un mensaje. De manera automática, Hilario lo leyó.
Hilario era un
muchacho tímido que de vez en cuando se atrevía a ocultarlo jugando a ser
sociable. Sin embargo su sentido del “qué dirán”, resultaba manifiesto. En su
vida nada importante había ocurrido, nada que pudiera darle algún prestigio.
Sin embargo él siempre cuidaba su prestigio. Por lo regular cuidamos lo que no
existe. Él temía que en un futuro alguien pudiera impugnarle alguna acción
pasada. Nunca se atrevió a lo prohibido. Sobre él pesaba la lápida del miedo. Su
mano temblaba. Que extraño mensaje aparecía en la pantalla del celular.
Resultaba
sugerente. Hilario se levantó al baño convencido de que la tal Verónica nunca
llegaría. Sería mejor irse. ¿Qué caso tiene tomarse un café solo? Si por lo
menos llevara un periódico o una revista. Además, sabía de un chacharero que bien
podía comprarle el celular. Por lo menos quinientos pesos le darían por el
aparato, y en temporada navideña, cualquier dinero es útil.
Que extraño
mensaje. Volvió a leerlo. “En verdad quisiera conocerte. Admiro mucho tu obra.
Me encantaría que me tomaras algunas fotos. Llámame y nos ponemos de acuerdo.
Verás que no te arrepientes”. Lo firmaba Déborah.
¿Quién será la
tal Déborah?, se preguntaba Hilario mientras miraba a unas turistas alemanas.
Lo más probable es que sea una modelo profesional. Si era así, debía ser un
monumento. Ya iba rumbo a la mesa a recoger su saco cuando llegó Verónica.
Venía agitadísima. Lo vio y corrió hasta él.
Que bella lucía.
¿Será que la espera aumenta la belleza de la gente? No es verdad. A veces la
reduce. La realidad es que la espera siempre modifica la vida. A Hilario le
encantaba dejar que su mente se metiera esos dilemas obsesivos.
Lo mejor era ver
a Verónica. Tal vez lo más atractivo de la muchacha era su aire desfachatado y
la agilidad de su cuerpo. La noche anterior no pudo admirarla en toda su
magnitud, pues ella vestía con traje sastre. Ahora usaba unos ajustados jeans y saco corto de piel negra, tipo
vaquero y abajo sólo un top, también negro que dejaba que se le marcaran unos
bellos pezones.
Era un placer
verla caminar. Un saludo desde la distancia y luego se acercaron encontrándose
con un beso en la mejilla. Ella de inmediato comenzó a contarle el motivo de su
tardanza.
- ¡Perdón! Llevo
horas buscando estacionamiento.
- Lo siento.
- ¡Que lío!
Podrías haber elegido otro sitio. ¿No tuviste el mismo problema?
- No tengo auto.
- ¡Ah..! ¿Y
vives por aquí?
- Sí…
- ¡Comodino el
hombre!
- Tuve que
venderlo. Tal vez en un mes me compré otro.
Hilario mentía.
Nunca había tenido auto y lo más probable es que nunca lo tuviera. Ese era uno
de sus mayores problemas a la hora de invitar a salir a una chica. ¿Para qué
pensar en problemas menores, Verónica lucía hermosa? La agitación le daba un
atractivo tono rosado a sus mejillas y en su sonrisa se mezclaba el gusto con
el rubor. Era un verdadero encanto, además, una mujer rebosante de sensualidad.
En ese momento
se acercó a la mesa un hombre elegantísimo. A pesar de ser un tipo maduro, era
lo que se dice un gentleman. Incluso
Verónica lo miró con interés, lo que obviamente le molestó a Hilario.
- Perdonen, hace
un momento yo ocupé esta mesa. Al parecer olvidé mi celular. ¿Por casualidad lo
vieron?
De inmediato
Hilario negó con la cabeza. ¿Por qué habría de regresárselo? La honradez tiene
ciertas licencias. Hilario se estaba tomando una de ellas. No era para tanto.
Los quinientos pesos que le darían en las chácharas le servirían de mucho. Que
sea mi regalo de Navidad, pensaba.
- No he visto
nada.
- Yo acabo de
llegar…
- Que lástima.
Sin duda lo tiré sin darme cuenta. Muchas gracias, sean dichosos y feliz
Navidad.
Verónica con la
mirada lo siguió unos instantes. Hilario sintió unos celos terribles. Una mujer
que estaba con él, no podía voltear a ver a nadie.
- ¿Te gustó?
- Podría ser mi
padre, pero eso no evita que sea un hombre muy atractivo.
- Si quieres
alcánzalo.
- No me salgas
con un numerito de celos, Hilario. Somos amigos. Nos acabamos de conocer. Quizá
no seas un hombre maduro, pero podrías fingir que lo eres. En la primera cita
los hombres siempre fingen muchas cosas. Finge madurez, anda.
- Cuanto
conocimiento de la naturaleza masculina...
- No soy una
mujer de mundo, pero tampoco una boba. Quiero una paloma.
- ¿Qué es eso?
- Tequila,
hielo, refresco de toronja, sal y limón.
Volvió a sonar
el aparato. Era otro mensaje. Hilario con toda naturalidad lo sacó de su bolsa
y lo leyó: “Estoy en casa. Llámame. Tal vez podamos vernos hoy mismo. Puedo
desvelarme un poco”.
- ¿Es el del
tipo?
- Como piensas
eso. Es mío. ¿Acaso sólo los hombres elegantes pueden usar celular caro? Tengo
que hacer una llamada.
- ¿Pasa algo?
- Nada
importante. Es mi hermana que al parecer necesita que la acompañe al
aeropuerto. Voy afuera a hablar aquí hay mucho ruido, quiero ver qué tan
urgente es.
Hilario se fue
hasta el mural de Siqueiros que está en las escaleras que conducen al segundo
piso. Marcó el número temblando. ¿Qué le diría a Déborah? Quizá fuera
suficiente con escuchar su voz y de inmediato colgar. Claro, eso era lo más
adecuado. Tal vez hasta se trataba de una broma.
- Hola…
- Soy el
fotógrafo al que le acabas…
- ¡Alfonso Mateos!
La sorpresa era
buen síntoma. Además ya sabía que su nuevo nombre era, Alfonso Mateos.
- ... sí.
¿Déborah?
- Hola. ¿Por qué
te haces tanto del rogar? Ni pienses que soy una coquetona, pero es que vi tu
libro y me encantaron las fotografías. Eres un maestro. Había oído que eres un
gran fotógrafo, pero nunca pensé que fueras un genio. ¿Los poemas eróticos
también son tuyos?
- Sí... claro
que son míos.
- Cuéntame entre
tus admiradoras. ¿Por qué no vienes a casa?
- ¿Podría ser
otro día..?
- Te invito una
copa.
- Pero…
- Nos conocemos,
charlamos un momento...
- Tal vez otro
día…
- Yo mañana
salgo de viaje y regreso en un mes. Ven. No te vas a arrepentir. ¿Tienes con
qué apuntar la dirección? ¿Conoces Polanco? Vivo en la calle de Newton, casi
esquina con Galileo. Es un edificio blanco. En el número 123. Yo estoy en el pent-house. ¿En cuánto tiempo llegas?
- Una hora...
- ¿Por qué
tanto?
- Estoy en una
cita de trabajo... en un restaurante de San Ángel. Tengo que atravesar la
ciudad y hay mucho tráfico.
- Vaya hombre
ocupado. Yo te espero. Tienes que autografiarme tu libro.
Hilario terminó
la llamada siendo otro. Durante sus veintisiete años de vida jamás había
sentido tanta seguridad. Ni siquiera cuando anotó aquel glorioso touchdown en la final frente a los Pumas
de la Universidad y lo sacaron en hombros del estadio.
Regresó a la
mesa. Verónica se retocaba los labios. Ya se había quitado el saco. Lucía un
torso espectacular. A Hilario le encantó ver que del ombligo le pendía una
argolla de oro.
- Tengo que
irme, Verónica.
- ¿Qué? ¿Me
haces venir hasta acá para decirme que tienes que irte?
- Es que mi
hermana.
- ¿Y..?
- Tiene un
problema.
- Hombre tenías
que ser. ¿Qué le pasa a tu hermana?
- Es una larga
historia. Tengo que ir a su casa.
- ¿Y dónde vive?
- En Polanco.
- Ya me dijiste
que no traes auto…
- Se descompuso…
- Si quieres te
llevo.
- No quiero
molestarte.
- No es
molestia.
- Es que...
- Yo vivo en la
Anzures. No me queda lejos. Aprovechas y me platicas algo de ti.
Caminaron rumbo
al auto. Ella lo tomó del brazo. Después de la llamada a Déborah, Hilario
sentía que el mundo se había modificado. ¿Cómo podía ser posible que una
muchacha tan atractiva como Verónica estuviera absolutamente prendada a él;
pues era lo que se sentía. ¿Acaso Déborah lo cargaba de suerte? ¿Era el
atrevimiento, el saberse un hombre deseado? Sólo por comprobar su intuición
tomó la mano de Verónica. Ella accedió gustosa. ¡Ya era suya! Todo era cuestión
de besarla y...
Llegaron al
auto. Antes la abrazó. Entre ellos circulaba gran energía. Como si sus cuerpos
estuvieran moldeados el uno para el otro. Aunque trataron de ocultarlo, ambos
sintieron gran excitación.
- Tú si que eres
un desfachatado. Ayer platicamos cinco minutos, bailamos otros tantos, me citas
al sitio más inaccesible de México, ahora me cancelas y por si fuera poco ya me
traes abrazada.
- ¿Te molesta?
¿Para qué
preguntarlo? Se notaba a leguas que la muchacha iba feliz. ¿Para qué retomar la
inseguridad de siempre? Él ya era otro. Lo importante era atrapar el momento y
ya nunca más dejarlo ir. Nunca más se mostraría inseguro ante ninguna mujer ni
ante nadie.
- Odio a los
hombres miedosos. ¿Sabías que por eso no tengo novio? Todos me tienen miedo. Es
increíble. Es por eso que a veces prefiero mostrarme tímida y conservadora.
Como respuesta,
Hilario la besó. La mujer estaba excitada, casi fuera de control. De haber
querido esa misma noche le hubiera hecho el amor. Era cuestión de que se lo insinuara,
ni siquiera tendría que pedirlo, pero él sabía que algo mucho más intenso le
esperaba en Polanco.
- ¿Podría tu
hermana esperar un momento?
- Está
embarazada y es muy histérica. Si no voy, jura que me arma un escándalo. Hay
más tiempo que vida. Mañana nos podemos ver.
- Si quieres ven
a cenar a la casa. Siento que te conozco de siempre. Bésame. ¿Sabías que vine
sólo por compromiso? Te me hiciste un muchacho “X”. Pero hay algo en ti que de
pronto me excitó. No creas que soy una fácil que se besa con el primero que
conoce. Si te dijera que soy virgen… no me lo creerás, pero así es. No es
importante que lo creas. Te lo digo para que me trates con mayor tacto. Soy una
inexperta. Enséñame a amarte, Hilario.
- Vámonos…
A pesar de todo,
la muchacha iba feliz. Hilario era un dios. Cada segundo emanaba más seguridad.
Sentía como cada una de sus palabras llegaba hasta lo más profundo de la mente
de Verónica. Su ritmo y entonaciones resultaban exactos. Cada palabra adquiría
profundidad magnética, mágica. Ningún placer supera al de la conquista. Él se
sabía conquistador y ella conquistada. Ambos estaban fascinados con su
fantasía.
- ¿A qué calle
vas, mi amor?
- Galileo, casi
esquina con Newton.
- ¿En serio? Yo
ahí viví. En el edificio blanco. Durante un tiempo me dediqué al modelaje. Ahí
viven varias modelos. ¿En qué departamento vive tu hermana?
- Sabes qué.
Detente un momento. Quiero darte un beso.
Verónica se
estacionó sin importarle que Hilario hubiera evadido la pregunta. Se besaron
apasionadamente. Él le acarició los senos. Ella no se resistió. Deseaba ser de
él. Que la noche fuera eterna. Que los límites no existieran. Que la única
finalidad de la vida fuera ser el uno del otro.
- Pienso que
para ti todo esto es sólo una aventura, Hilario.
- No seas tonta,
me encantas.
- No basta con
eso. Quiero que me ames.
- ¿Quién dice que
no será así?
- ¿Qué hiciste
para producirme esto? Hace unas horas ni te conocía y ahora estoy loca por ti.
Quiero que mañana vengas a la casa. Quiero que te conozcan mis padres. No es
que sea puritana, pero me ilusiona que sepan que ya tengo novio. Además, es
Noche Buena, una fecha simbólica. Ellos creen que por ser tan exigente me voy a
quedar a vestir santos. Sin duda he sido muy exigente, quizá hasta pedante,
pero a ti sólo te pido que me ames. ¡Hilario, estoy mojada! Tócame un poquito
para que lo sientas. Así mi amor. Te amo...
- Tranquila.
Vámonos. Déjame en tu casa. Yo de ahí tomo un taxi.
- Me encanta.
Olemos a sexo. Se te va a hacer tarde. Vámonos. Ya me empezó a dar miedo.
Pienso que si seguimos no te voy a dejar ir.
- Vamos.
Prefiero dejarte en tu casa.
- Como tú digas,
mi amor. La verdad es que estoy muy nerviosa. No sé si pueda manejar. Por favor
toma el volante.
Llegaron a la
casa de Verónica. Se despidieron con un apasionado beso. Una energía muy
poderosa los unía. Y pensar que la noche apenas comenzaba. Sin duda lo que
vendría después sería mucho más emocionante.
- Ni siquiera
tienes mi teléfono, Hilario. Apuntalo. Llámame mañana. También apúntame tu
número. No olvides que vas a venir a cenar a la casa. Te estaré esperando.
En cuanto se
despidieron, Hilario tomó rumbo a la dirección de Déborah. Se sentía
emocionado. Estaba resultando la noche más intensa de su vida. Tenía ganas de
correr. En cuanto vio un taxi le hizo la parada. La calle de Newton estaba
cerca. No le cobraría más de veinte pesos.
El auto tomó por
la calle de Newton, por fin llegó a Galileo… el taxista a la fuerza quería
charlar sobre la carestía. Hilario le contestaba sin pensar. Cuando se accede
al mundo fantástico, lo común resulta insulso y hasta torpe. A Hilario lo que
le interesaba era encontrar el número del edificio de la modelo.
¡Por fin el edificio!
Ahora a buscar el timbre del apartamento. No tuvo dificultad. De inmediato vio
las siglas del pent-house. Oprimió el
botón temblando. Un segundo de espera, dos… siete segundos. Por fin la voz de
Déborah en el interfono. El elevador, el botón del timbre del pent-house, la puerta por fin abriéndose.
La sorpresa fue
mayúscula. Nunca supuso que la vida pudiera ofrecer ese tipo de placeres. Déborah
era una mujer de belleza subyugante. Una mujer como jamás había visto o
siquiera imaginado. Era un imán poderoso que sabe manejar su energía. Ojos
negros, piel de tono canela y un finísimo caftán oriental que la rodeaba con
aire exótico y a la vez elegante.
Hilario nunca la
imaginó así. Suponía que era una rubia frívola, aunque muy sexy. Existen
equivocaciones afortunadas. Déborah resultaba una mujer de gran profundidad,
cargada de sensualidad felina.
El apartamento
era de un lujo extraordinario. La decoración ecléctica le daba un tentador misterio.
Llamaba la atención que todas las paredes estuvieran cubiertas de fotografías y
pinturas donde ella aparecía. Aun así, la decoración cumplía con los principios
de la elegancia refinada. Esa que no se aprende en revistas, sino que se lleva
en la sangre.
- ¿Te gusta mi pent-house? Es mi “egoteca”. Ya me di
cuenta que te llamó la atención ver retratos de Déborah por todos lados. No
pienses que soy una ególatra narcisista. Amo ser fotografiada. Ese algo
superior a mí. No puedo controlarlo y además me encanta. Siento que cada flash me reanima el alma. Algunos
piensan que no tengo alma.
- ¿Y qué sientes
cuando te pintan..?
Se formó un
pesado silencio. Como si a la mujer le hubiera molestado la pregunta de Hilario.
Ella tomó aire. Se mojó los labios y miró el cielo a través del enorme ventanal.
- Dime que algún
día me vas a tomar unas fotos. Sé que eres el mejor fotógrafo de México. Jamás
he hecho desnudo y sé que a ti te encanta desnudar a tus modelos. Si me
propones un bello concepto, accedo. ¿Quieres una copa?
- Whisky. Dos
hielos y agua mineral.
- No te imaginé
así. Me dijeron que eres un hombre muy elegante. No supuse que fueras un hombre
de pantalones vaqueros, saco de pana y zapatos de gamuza.
- A veces
disfruto la informalidad.
- Me gusta que
un hombre sea él. Como quiera ser, pero que no sea artificial. Tú por todos
lados destilas seguridad. Es raro. Los hombres sensibles muchas veces son
inseguros.
- ¿Cómo sabes
que soy un hombre sensible?
- Por tu
trabajo. Sólo un fotógrafo de sensibilidad exquisita puede realizar esos
encuadres y lograr esas proyecciones y tonos de luz. Soy modelo profesional. Sé
que mucho de lo que proyectas en una foto, es lo que a ti te proyecta el
fotógrafo. Algo que me gusta de tu trabajo es que ninguna de tus modelos
muestra vulgaridad. Todas son elegantes, imponentes, desafiantes. Sobre todo
eso: desafiantes. Eso sin duda tú se los transmites. ¿Me equivoco?
En ese momento
sonó el celular. Hilario quiso ignorarlo, pero seguía sonando.
-
Contesta.
-
Nunca cuando estoy ocupado.
Después llegó un
mensaje: “Por favor devuélvame el teléfono. Para mí es muy importante. Es un
regalo. Me comprometo a recompensarlo con cinco mil pesos. El aparato vale
menos. Por favor comunicarse al teléfono...”.
- ¿Alguna
admiradora?
- Un amigo que
quiere que comamos mañana.
- Que pena que
no traigas tu cámara.
- No me digas
que quieres ser fotografiada ahora.
- ¿Por qué no?
No creo que hayas dejado en casa tu talento. Según el prólogo de tu libro, tu
secreto es atrapar el momento cuando se presenta. ¿Es mentira? El mío es la
espontaneidad. Juntando nuestros secretos podríamos lograr una concepción
interesante.
Déborah con un
movimiento sensual se quitó el caftán y se quedó sólo con un pequeño hilo
blanco con un triángulo translucido. Así se recostó sobre un tapete oriental
que adornaba la sala.
- A veces la ropa interior estorba. ¿Le parezco
interesante, maestro?
Lentamente bajó
su tanga. Su movimiento era exacto, preciso. El ritmo de lo inalcanzable. Hilario
la miraba fijamente. Como si con la vista se adueñara del cuerpo de la joven.
Ella sin perder la clase se movía de manera felina mostrando todos los ángulos
de su esplendoroso cuerpo.
- Que mirada tan
profunda.
- No se te puede
mirar de otra manera, Déborah.
- Sólo un hombre
me ha visto con tanto deseo. Pensé que el momento no se repetiría jamás. ¿Sabías
que la energía de la mente es mágica?
- ¿A quien
miras, Déborah? ¿Al hombre o al artista?
- ¿Puede
separase uno del otro? ¿Porque no te recuestas aquí junto a mí?
- Quizá sea
mejor fotógrafo que amante.
- La magia que
destila un hombre crea la pasión. Se mío. Quiero ser tuya. Quiero que nuestras
sensibilidades se unan. ¡El amor es magia! ¡Es química! Te deseo. Sé que ya lo
viste en mis ojos. No vale la pena fingir. ¿Sabes? Hueles a sexo. Vienes de
estar con otra. Lo intuyo. Eso me excitó. ¿Es más bella que yo?
Hilario comenzó
a besarla. La piel de Déborah emanaba electricidad. No era una entrega
estudiada, era la pasión misma rebasando a ambos. Como si el deseo lo hubiesen
contenido desde siempre, desde toda la vida y quisieran entregárselo en ese
instante.
- No te voy a
permitir que me hagas el amor.
Lo tomó del
sexo. Su mano palpitaba con la intensidad más apasionada. Hilario sentía que
iba a reventar.
- Si quieres
algo conmigo, tienes que prometerme que seré la única. Ya sé que puedes mentir,
pero te juro que me voy a dar cuenta y si algo detesto es el engaño. Puedo
odiarte si no cumples.
- ¿Y sí cumplo?
- Nadie te va a
hacer sentir el amor como yo. Soy tu energía gemela. Cuando me entrego, lo hago
de una manera total. Sin reserva. Sólo una vez lo hecho. Fue a los quince años.
Me enamoré profundamente. Hace diez, exactamente. Él era un gran pintor, pero
vivía frustrado porque su obra no era apreciada ni por el público ni por la
crítica.
- Suele suceder.
- Escúchame.
¡Aprende a escucharme! Él creía que a mí me importaba mucho que lo
reconocieran. Tenía pánico de perderme, que yo me enamorara de otro, que
alguien me deslumbrara con su fama o dinero. Una noche de Navidad me prometió
llevarme al mar y preparar para mí una fogata y una gran cena. Después
pintarme. Llegó el día y él no tenía un centavo ni tan siquiera para comprar
cualquier cosa. Eso lo atormentaba. La inseguridad lo hizo suicidarse.
- Pero...
- ¡Escucha!
Aprende a escuchar. Después de eso decidí entretener mi mente de algún modo.
Varios de sus amigos pintores me ofrecieron trabajo como modelo. Lo único que
les interesaba era poseerme. Nunca nadie lo logró. Después infinidad de
millonarios han tratado de seducirme. Odio ver como a esos hombres el dinero o
el poder los hace emanar seguridad. Aquella que él nunca tuvo. Si él hubiera
sabido que la verdadera seguridad brota del alma.
- Olvida el
pasado...
- Los hombres
que tratan de conquistarme no despiertan en mí el amor, sino el resentimiento.
Estoy resentida con la vida, con el dinero y el poder. ¿Te acuerdas de ese
poema que escribiste al píe de la foto de la chica que fotografiaste en el
desierto? Dímelo y soy tuya.
- No lo
recuerdo.
- Yo sí.
Me
entrego a la vida
a
través de la dulce linfa
de
tu cuerpo
y
el aullido del alma.
Hilario la besó
profundamente. Le repitió el poema al oído. Sentía que eran palabras de él.
Ella lo desnudo. Le pidió que la dejara hacerlo suyo. Que él tan sólo se dejara
hacer.
- Yo sé que él
está muerto, pero la deuda de amor que abrió conmigo, la va a saldar a través
de ti. Su fantasma me ronda todas las noches. Ya no puedo vivir de lo que me da
un espectro. Necesito a un ser real, auténtico. A un hombre de carne y sangre.
Dime que tú eres ese hombre.
Hilario le hizo
el amor con una intensidad que no era de él. Parecía que una fuerza ajena
obrara a través de su cuerpo. La entrega duró horas. Al parecer cuando el
clímax se acercaba una paz espiritual llegaba hasta él, prolongando el momento
interminablemente. Cada acercamiento al momento del orgasmo les producía una
sensación diferente, como si la pasión quisiera mostrarles todas sus gamas y
matices. Al llegar el amanecer el acto se consumó. Se quedaron dormidos. Ella
recostada sobre su pecho. A las ocho de la mañana sonó el despertador.
- Tengo que irme,
Hilario. Mi vuelo sale a las once. Quédate. Está es tu casa. Yo regreso en un
mes. Si quieres puedes venir a vivir aquí o llevarme donde tú quieras. Las
llaves las voy a dejar sobre la mesa del comedor. Yo me llevo otro juego.
Regreso el día diez. Me hubiera encantado pasar la noche de Navidad contigo,
pero tal vez el destino quiera separarnos unos días. Serán muy buenos. Tendrás
tiempo de pensar. Yo sé que tú eres el hombre que siempre he amado, yo sé que
también soy la mujer que ha vivido en tus sueños.
Déborah se
vistió apresuradamente y se fue. Hilario estaba raptado por la emoción. En unas
cuantas horas su vida giró de manera diametral. Se levantó. Caminó desnudo por
el apartamento. Era un sitio mágico, lleno de elegancia y vibración. Por todos
lados pendían cuadros pintados por aquel amor de Déborah. Por ese hombre que la
noche anterior sin duda rondó sus cuerpos y ahora ya podría descansar tranquilo.
Caminó hasta el
baño. Se metió al jacuzzi. Necesitaba
purificar su cuerpo y sus sentidos. Era un dios en el momento del renacer.
Recordó a Verónica. Decidió llamarla.
- ¡Hilario, que
gusto! ¿Dónde estás, mi amor? Te estuve llamando hasta muy tarde, pero nadie me
contestó. Estaba preocupada.
- Tranquila. Me
quedé a dormir en casa de mi hermana.
- Estuve toda la
noche pensando en ti. Ya le conté lo nuestro a mi madre y quiere conocerte.
Dice que estoy enamorada y eso es muy peligroso. Que una mujer enamorada pierde
su sentido de la realidad. Estoy segura que tiene razón, pero tú me vas a
guiar. Dime que así será.
Hablaron por más
de una hora. De pronto el miedo fue invadiendo a Hilario. Cuando concluyo la llamada
estaba temblando. Sabía que estaba transgrediendo las leyes naturales de la
vida. Fue por el celular y revisó los recados. Sólo permanecía el del dueño del
teléfono. Tenía miedo, mucho miedo. Pero algo le dijo que debía regresar el aparato.
Que la magia ya estaba dada. Por fin marcó el número del dueño.
Le contestó una
voz profundamente varonil. Hilario le explicó que la noche anterior al salir
del restaurante encontró el teléfono tirado en el piso. El hombre le dijo que
no lo dudaba, que era un ser profundamente distraído. Que sin duda al pagar la
cuenta lo tiró o algo así. El hombre le dio la dirección de su casa. Hilario
prometió llevar el teléfono esa misma tarde. Al terminar la llamada una gran
tranquilidad lo invadió, ¿o acaso era vacío?
Fue hasta el
refrigerador y tomó un yogurt y una manzana. Decidió dormir un rato más. La
noche había sido muy tórrida y quizá le esperaba una similar con Verónica.
Tal y como
acordó, al llegar la tarde fue hasta la dirección del dueño del celular. La
casa estaba muy cerca del sanborn’s. Era una casona antigua con un enorme
portón de madera apolillada. Parecía abandonada. Hilario estuvo tocando más de
diez minutos hasta que una vecina le dijo que ahí nadie vivía desde diez años
atrás.
- No puede ser.
Yo hoy por la mañana hablé con el dueño.
- Tal vez apuntó
mal la dirección, joven.
-. No. Estoy
seguro que este es el número.
- Y si se
equivocó de calle.
- No. Estoy
seguro...
- El dueño de
esto se suicidó hace diez años. Una noche de Navidad, así como la de hoy. A lo
mejor habló con su fantasma. Dicen que ronda por aquí.
El pánico
invadió a Hilario. Trató de no hacerle caso. De pensar que la gente para
sentirse viva se inventa historias fantásticas.
- Se puso verde.
¿Qué le pasa?
- Nada. Le iba a
decir que no creo en fantasmas.
- Yo tampoco,
pero dicen que el Pinta Monos murió de amor. Así le decían: el Pinta Monos.
Pintaba cosas muy raras y, aun así, todas se volvían locas por él. Era un
hombre muy misterioso. Dicen que él sólo amó a una niña. Bueno, a una muchacha
de quince años. Dicen que a veces una mujer muy hermosa y elegante viene a la
casa. Entra. A lo mejor tiene llaves, a lo mejor también es un fantasma. El
caso es que llora a gritos hasta el amanecer. Muchos la han visto aullar
desnuda en la terraza. Yo pienso que es pura maldad de los hombres que se
imaginan lo que no. Algunos vecinos hasta han llamado a la patrulla, pero
cuando llegan los policías, la mujer ya se esfumó. Vaya usted a saber... hasta
luego.
- Hasta luego.
- No se meta con
los espíritus. Sus leyes son otras.
Hilario se quedó
aterrado. Tomó el teléfono y marcó el número. Después que sonó el timbre varias
veces, por fin contestó la voz. Sólo le dijo: gracias por amar a Déborah. Ella
necesitaba que un hombre real la hiciera olvidarme. Me permití usarlo a usted.
Ella sólo es un cuerpo vacío. Su alma me la entregó a mí. Aun así, ella lo
necesita.
Cuando Hilario
pidió más explicaciones, el hombre colgó. Hilario volvió a marcar, pero nunca
más le contestaron. Un sudor helado perló su frente. Caminó hasta el Metro.
Como un zombi recorrió los pasillos del subterráneo. La gente se agitaba
cargada con regalos. No faltaron algunos que iniciaron el “brindis” desde
temprano. Él sentía que caminaba por otra dimensión. Que era un ser raptado por
sus miedos y pensamientos.
Estaba
temblando. La fiebre lo mareaba. ¿Hacia dónde huir? El tren tardaba
eternidades. Por fin llegó. Subió al vagón. Se fue a una esquina y ahí contra
la pared se puso a rezar. Como un autómata llegó hasta la estación Polanco.
Caminó hasta el apartamento de Déborah. Tal vez pudiera recobrar la calma durmiendo
un momento, tomando una copa... algo debía reanimarlo, devolverlo a la
realidad.
Abrió la puerta
del edificio. Tomó el elevador. Cuando estaba abriendo la puerta del
apartamento, una voz lo sacó del rapto.
- ¡Hola..!
- ¿Qué haces
aquí, Verónica?
La sorpresa de
Hilario fue mayúscula. Nunca esperó ser descubierto. Quiso ser tragado por la
tierra. La chica mostraba seguridad. Tal vez hasta ironía.
- Vine a visitar
a tu hermana.
- ¿Cómo supiste..?
- Acuérdate que
yo también viví en este edificio y conozco a todos los inquilinos. Admito que tu
amante es bella.
Hilario no sabía
qué responder. Entendía que en ese momento mentir resultaba una tontería. No
había manera de ocultar la verdad. Aun así, lo intentó.
- No es mi
amante... déjame que te explique…
- ¡No mientas!
Ni ella ni yo soportamos las mentiras.
Hilario trató de
huir. Instintivamente abrió la puerta del apartamento. Quiso contener a
Verónica pero no pudo.
- Por favor vete,
Verónica.
- ¡Merezco una
explicación!
- Yo también
quisiera una explicación.
- Sé lo que te
ocurre.
- ¡No sabes
nada!
- Mírame. ¿Notas
algo en mí? ¿Ya te diste cuenta que no soy la mujer sensual de anoche? Soy una
mujer común y corriente.
Las palabras de
Verónica eran reales. Efectivamente era una mujer común, no la mujer sensual
que el día anterior había seducido Hilario.
- ¿Qué es lo que
está ocurriendo, Verónica?
- No lo sé. Pero
hoy por la noche te vas a suicidar.
- ¡Estás loca!
- Si así fuera
podría seducirte, así como lo hizo Déborah. Ella sí está loca.
- ¿Tú sabes
quién es ella?
- Una mujer
fascinante, pero muerta. Un cuerpo vacío. Es sólo un espectro de carne y hueso,
pero su mente no es de este mundo. Yo viví en el apartamento de abajo. Durante
las noches ella celebraba rituales para revivir a ese pintor que amó a los quince
años. Un día bajó llorando hasta mi apartamento. Me contó su historia. En el
fondo es una gran historia de amor. Desgraciadamente la locura la truncó. Me
pidió ayuda. La vi tan mal que le seguí el juego. Al otro día llamé a mis
padres y les dije que tenía problemas con una vecina. Ellos me llevaron a casa.
Nunca les dije que tipo de problemas. Sé que yo fui la única amiga de Déborah,
la única que podía ayudarla a salvarse y hui como una cobarde.
- ¿Cómo podrías
ayudarla?
- Ella quería
que yo me comunicara con el pintor. Que hablara con él a través de la mente. No
me atreví. Soy una miedosa. Mi carácter es otro, mi vida es otra.
- ¿Y por qué no
hablaba ella?
- Los locos
pierden la comunicación con el aquí y con el más allá. Yo no nací para los
misterios. Yo soy una muchacha común que desea encontrar a un hombre que la
quiera y respete, no más. La semana pasada me llamó Déborah llorando. No
resistí su dolor y vine a visitarla. Me propuso un trato. Si yo la ayudaba a
comunicarse con su amante, me entregaría la fuerza de su sensualidad. Acepté el
trato. Tres noches invocamos al pintor juntas. Por fin llegó. Se perdonaron.
Hilario estaba
estupefacto con la historia. Todo lo que le había ocurrido estuvo planeado. Y
lo que era peor, por locos o quizá hasta por seres del más allá. Verónica
continuó contándole.
- Los amantes
deben aprender a perdonarse. Él prometió ya no rondarla, darle la oportunidad
de renacer. Ella por fin se liberó de sus cadenas. Tomó mis manos me impregnó
de su energía. Yo ahora soy dueña de su sensualidad. No pudo usarla a mi
antojo. Sólo surge en los momentos en que siento gran pasión. Déborah nunca más
va a regresar. En algún sitio será una mujer común y sin duda hallará a un
hombre que la ame.
Verónica comenzó
a estremecerse. De su cuerpo emanaba pasión. De un momento a otro, fue la mujer
irresistible que la noche anterior había conocido Hilario, como si el mirarlo a
los ojos la excitara. En menos de un minuto se transformó. Lo más notable era
su respiración. No sólo era un jadeo agitado. Era algo más. Un aire eléctrico
con olor dulce, con aroma metálico que excitaba.
- Estás
excitadísima.
- Yo no ansiaba
vivir con el deseo a flor de piel, ¡te lo juro, Hilario! Yo no sabía que el
deseo profundo aunado con el dolor, es el secreto de la sensualidad. Yo era
feliz siendo una más, una mujer común y corriente. Estaba convencida que
basándome en la ternura y los buenos tratos, podría encontrar al hombre de mis
sueños. Estoy por terminar mi carrera. Voy a ser una profesional. Una mujer
capaz de pensar y decidir. Mi sueño es vivir en paz, formar una familia,
disfrutar de la charla y del calor del hogar. De vez en cuando organizar una
cena o un paseo y vivir algo bonito, no importa que no sea excepcional. A
Déborah no le importó nada de esto. Lo mismo que te acabo de decir se lo dije a
ella. A mí no me interesa la locura de amor. Ahora me doy cuenta que cuando se
desatan mis pasiones no tengo ningún dominio sobre ellas. Te deseo con la
intensidad más profunda, a la vez me dueles. Cuando la emoción se apodera de
mí, de mi cuerpo emana toda la potencia de su energía para atraerte. Es por eso
que tú también estás excitado. No necesitas decírmelo. Lo veo y lo siento,
también lo sé.
Era real lo que
la chica decía. Cuando la escuchaba, Hilario se daba cuenta de su erección
incontrolable.
- Todo está en
la mente. ¡Seamos cómplices! La vida es una constante alucinación producida por
nuestros deseos. Cuando unas tu deseo al mío, tu alucinación a la mía, la potencia
de tu cuerpo a la del mío; alcanzaremos la paz y ahí el amor es dulce.
El deseo superaba
a Hilario. La deseaba profundamente. Mientras Verónica hablaba, la vehemencia
de los dos crecía. Tanto que los llevó hasta un clímax emotivo. Hilario se
olvido por un momento de la locura que estaba viviendo y se acercó a ella. La
besó hasta el cansancio. Se desnudaron y se hicieron el amor. Todo ocurrió sin
exaltaciones. Fue un acto puro donde dos seres humanos experimentaron el amor
sin querer robarle sentimientos a la pasión o a la locura. Era el sueño de
Verónica y un sentimiento que Hilario jamás consideró que existiera, aunque al
presentarse, resultaba lo más grandioso que había experimentado. De pronto ella
reaccionó asustada. Al parecer algo importantísimo había olvidado.
- Hilario, sal
de mí. Hoy es Noche Buena. Son las siete de la noche. Si no detenemos el
embrujo, tú a la media noche terminarás suicidándote.
- ¿Qué?
Hilario estaba
sorprendido. No alcanzaba a comprender la magnitud de las palabras de la chica.
La realidad es que sólo quería vivir la ternura del momento y olvidarse de la
locura del más allá.
- Tranquila.
Vamos a cenar a tu casa. Quiero conocer a tus padres.
- La locura es
un embrujo que hay que detener. Apenas y tenemos tiempo, Hilario. Por favor
apresúrate. Sal de mí…
- Olvídate de
esas ideas, Verónica. Vamos a tu casa a cenar. Brindemos por ti y por mí y
piensa que toda esto fue un sueño. Lo importante es que tú y yo nos amamos. A
nuestra manera, así como tú lo propones, con la sencillez del amor.
- Ojalá fuera
tan fácil. Lo más duro viene ahora. Abajo tengo el auto. Vamos a la casona del
pintor. Es por tu vida y no estoy jugando.
Llegaron al
centro de la ciudad. Unos minutos después estaban frente de la casona del
pintor. Eran las ocho de la noche. Hilario insistía en olvidarlo todo e irse a
cenar a la casa de Verónica. Ella no hacia caso del joven. Estaba convencida de
lo que hacía y segura que de no hacerlo, las consecuencias sería funestas.
Abrió la cajuela
de su auto y sacó una varilla para forzar la puerta. Frente a ellos pasó una
procesión de niños que cantando villancicos y jugando con sus velas pedían
posada con los ojos sonrientes.
- Esto es una
locura, Verónica. ¿Qué tiene que ver esto con la vida de paz y tranquilidad que
me propones?
- La paz es tan
poderosa como la magia y cuesta lo mismo.
Un niño de la
procesión fue hasta ellos y asustado les advirtió mientras los alumbraba con su
velita.
- Si no se van
de aquí, va a venir el Pinta Monos y los va a asustar. Les juro que aunque hoy
sea el día en que nace el Niño Dios, aquí asustan.
El niño al ver
la indiferencia de la muchacha se echó a correr para alcanzar la procesión.
Verónica intentó abrir el portón con la varilla. Al ver que la mujer estaba
decidida, Hilario le ayudó. No fue difícil hacer ceder la aldaba. El gran
portón se abrió con tremendo rechinido. Ella tomó aire y entró.
El lugar era
tétrico. El olor a humedad resultaba penetrante. Él la siguió, más por orgullo
que por convicción. Frente a ellos apareció un gran patio español, oscuro y lleno
con los escombros del abandono. Al fondo una escalera de caracol de piedra de
cantera y formas asimétricas que sin duda había sido diseñada por un artista.
Lo más difícil
de ver era el techo. Era un frontispicio que por sí sólo ofrecía un espectáculo
alucinante con su nutrida población de gárgolas y canalones con figuras de la
mitología demoníaca.
Inventándose
valor, subieron por la escalera de caracol que estaba cubierta por una lúgubre enredadera
de hojas secas y telarañas pegajosas. El instinto de conservación hizo que se
tomaran de la mano.
Un gato se cruzó
en su caminó y se detuvo frente a ellos jugando con la electricidad de su
pelambre. Verónica gritó. Hilario quería hacer lo mismo, pero su orgullo de
macho lo ayudó a contenerse.
- Verónica,
tienes que explicarme qué es lo que vamos a hacer.
- Ellos
necesitan de tu cuerpo y del mío para manifestarse. Sin nosotros sólo son
energía distorsionada.
- ¿Vamos a
terminar como ellos?
- ¡No! No digas
eso.
- Es que…
- Vamos a
ayudarles a encontrar la paz. Necesitan hacer el amor a través de nosotros.
Acuérdate que se amaron con la misma profundidad del cosmos.
- ¿Estás loca?
Después del problema en que nos metieron, ¿vamos a agradecerles? ¡Vámonos,
Verónica!
La chica lo miró
con firmeza. Al parecer ya había superado la barrera del miedo. Ese punto en
que el miedo se transforma en instinto y el humano es capaz de superar las
barreras de su mente y su cuerpo y es capaz de ver claramente su misión.
- Vete tú si
quieres, Hilario.
- ¡Estás loca!
- No seamos tan
egoístas. Nos necesitan. Nos han dado mucho. Ellos a través de ti y de mí
fundirán lo que vaga de su energía terrena. Consumirán lo último de su brío por
medio de un orgasmo. Ella para renacer y él para morir en paz. Necesitan de
nuestros cuerpos y nuestra pasión. Si queda una partícula de esa energía en
esta dimensión, ellos no podrán estar en paz. ¿Te das cuenta? ¡Nos necesitan!
Hilario no
alcanzaba a convencerse. Él aún no superaba la barrera del miedo. Ella lo sabía.
Cuando se brinca esa barrera el instinto todo lo sabe. Lo único que hizo la
chica fue tratar de infundirle seguridad a través de su mano. Llegaron hasta el
fin de la escalera de caracol. El olor a humedad cada vez era más intenso, casi
hipnótico. Una puerta estaba frente a ellos. Verónica sin pensarlo mucho, la empujó.
Ambos estaban temblando. Sólo que ella por la excitación de la aventura de la
mente y él por miedo.
- No creas que
es miedo, Verónica. Hace mucho frío. Mucho frío...
- La cobardía es
enemiga de la felicidad.
Entraron a la
sala. Tirada en el piso estaba Déborah. Sólo era su contorno. Su cuerpo era una
diminuta fuente de energía. Al parecer un espectro con miles de años de antigüedad.
No emanaba la sensualidad que Hilario conoció. Era sólo una anciana eterna que
se aferraba a la vida.
- Gracias amigos
por venir. Gracias amigos por venir. Gracias amigos por venir. Gracias amigos
por venir. Aún emito luz. ¿La alcanzan a ver? Díganme que sí. Gracias amigos
por venir. Gracias amigos por venir…
- La vemos,
Déborah...
- Quiere decir
que aún hay esperanza. El espíritu de Alfonso ya no puede emanar luz. Está a
punto de desaparecer en el limbo. Ahí donde se pierden aquellos que no se
atreven a realizar su amor, aquellos que lo confunden con el egoísmo o la
posesión. ¿Verdad que ustedes nos ayudarán?
- Sí te
ayudaremos, Déborah.
- Cuenta con
nosotros.
Fue al ver el
espectro de Déborah que Hilario pudo superar la barrera del miedo. Ahora ya
estaba en la dimensión donde la fe todo lo puede.
- ¡Te
ayudaremos!
- ¡Te
ayudaremos, Débora!
- Si es así, mi
cuerpo podrá vivir tranquilo en una isla de pescadores. Me he soñado vendiendo
artesanías. Los sueños de paz, son tan intensos como los de amor. En el fondo
siempre se encuentran. Son los extremos que se unen. En esa isla encontraré la
paz del amor. Él irá a un lugar donde van aquellos que miraron la luz. Él supo
ver la luz. Su ego lo enloqueció. Odiaba que le dijeran Pinta Monos. Por fin
encontrará la luz que alguna vez perdió.
- Tranquilízate,
Déborah. Hilario y yo los ayudaremos.
- Diez años
mantuve vivo el espíritu de Alfonso. Lo hice a costa de la energía de mi
corazón. Es decir, a costa de mi alma. No quería dejarlo en el limbo. Ya no
puedo más. También lo mantuve vivo gracias a la memoria, pero esa pronto
enloquece. No aguanta tanto dolor. La memoria es uno de los manantiales de
energía, pero se agota y comienza a producir fluidos dolorosos. Cascarones
astrales que contaminan el aura. ¿Escuchan esa melodía? “Es noche de paz”.
Efectivamente se
escuchaba a lo lejos el canto de un niño. Tal vez era el niño que un momento
antes habían visto en la puerta y les advertía de la presencia de espíritus
raros. Déborah en un esfuerzo inaudito, continuaba hablando.
- Fue hace diez
años en una noche como esta. Fue aquella Navidad en que Alfonso decidió cortar
su existencia. Déjenme les cuento, para que nos entiendan. En aquella Navidad,
él todo el día estuvo raro. No quiso tocarme. Se sentía indigno de mí. Era tal
su desesperación que empezó a llamar a las galerías para ver si alguna se
interesaba en comprarle un cuadro. Nadie le contestó. En estas fechas las galerías
cierran. Alfonso tomó el último de sus lienzos en blanco. Ese donde iba a
pintarme desnuda en el amanecer de la Navidad, surgiendo del mar. La figura de
un Cristo de luz naciendo de las aguas, sería el fondo de la obra. Según
Alfonso, los grandes maestros de la humanidad se comunican con nosotros a
través del mar. Ese océano líquido paralelo al que habita en nuestra cabeza y
llamamos inconsciente.
- Tranquilízate,
Déborah. No gastes tu energía.
- Aún conservo
la suficiente. Una mujer que no esté plenamente convencida que en su interior
existe la suficiente energía, es mujer muerta.
- Les vamos a
ayudar.
- Al llegar la
noche y ver que no conseguía dinero, Alfonso enloquecido tomó unos pinceles y
de un trazo pintó un Santa Claus y unos renos. Me dijo: esta es la única
fantasía que la gente entiende. Enfurecido se fue a la calle con la idea de
vender el cuadro. Dos horas después regresó llorando con una bolsa de pan,
salami y una botella de sidra. Yo quise abrazarlo y decirle: ¡no me importa! ¡Te
amo más que al mito que has formado a tu alrededor! En tus ojos veo los de
Mozart y los de Beethoven. Veo a Vang Gogh y a Oscar Wilde, veo a todos
aquellos que vivieron más allá de la renuncia… Todo eso quise decirle, pero la
realidad es que le dije que era un miserable. Nadie pregunte por qué, pues
durante diez años me he preguntado lo mismo y no encuentro ni encontraré la
respuesta.
La luz de
Déborah comenzó a extinguirse. Al parecer era la última. Verónica apretó la
mano de Hilario. Comenzó a excitarse y de manera mágica la luz de Déborah
adquirió intensidad.
- Alfonso al
ver mi desprecio se lanzó por la ventana. El tiempo se detuvo. A lo lejos se
escuchaba “Noche de paz” y las campanas de Catedral. Yo bajé corriendo. Él ya
estaba muerto. Lo cubrí de besos con el ansia de revivir el cadáver. En ese momento
supe que ni con toda mi belleza podría revivir el cadáver del amor que había
despreciado. Fue la noche más larga de mi existencia: Delegaciones, Médico
Forense, dolor, luces navideñas, gente que no imaginaba lo que me ocurría y
desde lejos me felicitaba. Hombres proponiéndome sexo, trámites burocráticos,
indiferencia. Al llegar el amanecer, ya no me permitieron estar junto al
cadáver. Tenían que practicarle la necropsia. Logré que su cuerpo fuera enviado
a la Universidad para que sirviera de estudio a los jóvenes pintores. Sin duda
a él le habría gustado. Cuando todo terminó, no pude más. Tiré los zapatos y
descalza salí a la calle corriendo. Sentía que al detenerme el recuerdo me iba
a destrozar la mente. ¡Corrí y corrí!
Verónica e
Hilario escuchaban asombrados. Déborah los tomó de la mano. Pudo levantarse y a
paso lento los condujo hasta el cuarto de baño. De manera ritual los desnudó y
con extrema suavidad los acomodó en el interior de la tina. Ella tarareaba
“Noche de paz”. La voz del niño se seguía escuchando a lo lejos.
El agua de la
tina despedía una deliciosa temperatura. Déborah con su relato los hipnotizó.
Ellos ya eran unos autómatas a la voluntad del espectro alucinado por el amor.
- Era
veinticinco de diciembre en la noche. Mis píes sangraban. La poca gente que
había en la calle me miraba sorprendida. Pensaban que estaba borracha o
drogada. Pasaron horas antes de caer desmayada. Al despertar juré ante la luna
del día veintiséis de diciembre que jamás iba a permitir que la energía de Alfonso
me abandonara. Él prometió que viajaríamos juntos más allá de las dimensiones y
no iba a irse sin mí. Fue egoísmo y culpa, no amor. Él no regresó por amor,
regresó por egoísmo, por el desquite. Yo lo había ofendido. Esa noche su
fantasma bajó hasta mí. Lentamente subió a través de las heridas de mis píes.
Me hizo el amor y me dijo que a través de mi energía genital podría mantener su
energía en este mundo. Al hacerme el amor, se llevó mi alma. Ahora me la
devolverá. Él durante diez años vivió insertado en mi mente y mis órganos
genitales. He aceptado que lo amo y es por eso que lo he enseñado a perdonar.
Nos hemos perdonado. Esta noche es la culminación del perdón. Es la noche de
Cristo y la noche de quien desee perdonar. ¡Eso es la Navidad!
La mujer estaba
excitada. De pronto surgía en ella un destello de su gran belleza. De pronto
era casi polvo del cosmos a punto de perderse. Quiso seguir hablando.
- Para que nadie
supiera mi secreto, me convertí en una mujer que vivió sólo para cultivar su
belleza física. Fue una estupenda forma de olvidarme de mí, de no saber de mi
alma. Ahora estoy feliz, pues el amor es el ingrediente único de la felicidad.
El perdón es el ingrediente del amor y la paz el ingrediente de los sueños. Hoy
cumpliré un sueño. Alfonso también. Que bueno es poder decir: hoy cumpliré un
sueño. Ojalá algún día todos lo puedan sin temer lo que diga la realidad y su
cuadratura.
Déborah comenzó
un ritual de luz. El baño se iluminó. Al parecer cada estertor energético que
surgía de ella, le producía enormes dolores, pero a la vez la liberaba. Se
ayudaba aullando. Al lanzar un grito desgarrador, su cuerpo se iluminó como el
de una luciérnaga. Del verde pasó al rojo vivo. Con las chispas que brotaban de
su cuerpo, la casa comenzó a incendiarse. Ella calló al suelo casi muerta. Al
fondo apareció Alfonso. Con infinita ternura la levantó del piso. La tuvo entre
sus brazos.
- No la llevo
conmigo. La conduzco a la isla donde renacerá.
De pronto la
casa se transformó en el mar. A lo lejos la figura del Cristo surgía del agua.
Así tal y como Alfonso prometió pintar a la muchacha en el amanecer de la
Navidad. El cuerpo de él se transformó en cenizas y el de ella en el de una
paloma que voló por entre las olas.
Un
estremecimiento hizo que el cuerpo de Verónica reaccionara. Hilario la miró
sonriendo. Ella se disculpó por el retraso.
- Perdón,
Hilario. Tuve que estacionar mi auto un poco lejos... sabes, una casa
abandonada se está quemando.
- No es
necesario que me expliques. Sé donde estuvimos, Verónica.
- No te
entiendo.
- Sé que el amor
es tiempo y espacio, exactitud, sincronía. Una cadena que corre a través de
todos los seres humanos. Esta noche el eslabón es nuestro.
- ¿Cómo lo
sabes?
- Mientras
estuve esperándote, mi mente viajó.
- Eres un loco.
Toma. Este cuadro es tu regalo de Navidad. Con cuidado, aún está fresco. Un
pintor desesperado me lo vendió. Es una pintura rara. El artista me dijo: “Necesito
dinero. Cómpramelo, a quien se lo des, le entregarás la Eternidad. Cómpremelo, necesito
el dinero urgentemente, esta noche viajo hacia la luz, me acompaña la libertad.
¡Cómpramelo! Si alguna vez vas a una isla, ahí encontrarás a la modelo del
cuadro. Te dirá: soy feliz y lo dirá con el corazón”.
Cuando traté de
pagarle, se echó a correr. Desde lejos me gritó: “con ese dinero regálale una
flor a la mujer de la isla”. ¿Te gusta el cuadro, Hilario? Es una mujer desnuda
caminando en la playa. Al fondo surge una figura. Parece que los colores están
vivos. El pintor me dijo que esa figura del fondo es la pasión. ¡Feliz Navidad!
Miguel Ángel de
Bernardi
®
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